Vida de cristal

 

María Carrasco Nacario, 4º ESO IES Ítaca

La niña miraba a través del cristal. Las montañas parecían la silueta de una mujer recostada sobre su brazo. La niña miraba a través del cristal. Una pareja de palomas del color de la nieve volaban a ras del suelo. Con un ala parecía que querían tocar la tierra y con la otra se unían a su pareja de altos vuelos. La niña miraba a través del cristal. Las largas y verdes praderas no eran nada sin los miles de habitantes que allí descansaban. El viento hacía bailar las hojas. Algunas se despedían a lugares inhóspitos, la gran mayoría, temerosas del mundo que les rodeaba, se aferraban a su hogar. La niña miraba a través del cristal. El cielo, con su tono más azulado, invitaba a las nubes a pasear por sus calles. La niña miraba a través del cristal.

Unos 7 años tenía Grace cuando comenzó a mirar a través del cristal. Encontraba en el mundo que había fuera la tranquilidad, la calma, el deseo, la esperanza... Buscaba respuestas en los cantos de los pájaros, en el olor de la primavera, en los copos de nieve y en las gotas de lluvia que mojaban la tierra hasta convertirla en barro.

Grace padecía una enfermedad que le impedía salir de casa. Le costó años comprender que si salía de casa estaría condenada a la muerte y, cuanto más crecía, más rápido y doloroso sería su último suspiro.

Su único consuelo era imaginar que podía salir de casa: hacer muñecos de nieve con su padre, ir a comprar al mercado del pueblo con su madre, ir al colegio y jugar con sus amigos. Conforme Grace iba cumpliendo años, la lista de deseos se hacía más grande. Soñaba con graduarse e ir al baile con un chico, dar su primer beso e ir a la universidad. Quería poder trabajar, casarse y crear una familia. Necesitaba dejar de imaginar y tocar el suelo con sus pies descalzos, alzar las manos y descubrir que el cielo era inalcanzable, atrapar un copo de nieve, y sentir una gota de agua deslizarse desde sus largas pestañas hasta la mandíbula.

Sesenta y cinco años había pasado encerrada en aquella casa que nunca pudo llamar hogar. Sesenta y cinco años temiendo a la Muerte porque sabía que si iba más allá del marco de la puerta, Ella estaría esperándola. Sesenta y cinco años tardó en descubrir que ella en realidad ya estaba muerta, llevaba muerta desde el instante en que nació.

Aquella mañana del 26 de mayo de 1970, tras la noche de tormenta, el sol, grande y brillante, se alzaba enredado entre las curvas de las montañas colmando la silueta de la mujer con el más hermoso de los brillantes. Un tímido arcoiris se asomaba mostrando el camino al paraíso, y fue entonces cuando Grace decidió comenzar su vida.

Algo temerosa abrió la puerta y los rayos del diamante buscaron la cara de la anciana que arrugaba (más de lo que ya estaban) los ojos. Su primer paso tembló, los siguientes fueron firmes y valientes.

Por fin, la anciana pudo sentir cómo el viento acariciaba su rostro. El césped se metía entre los dedos de sus pies dándole la bienvenida. Los pájaros piaban al ritmo de su corazón, que en esos momentos estaba más vivo que nunca. Extendió sus brazos hacia el cielo para comprobar que no podía alcanzarlo; pero, ¿quién quería el cielo teniendo todo lo que tenía a su alrededor?

Poco a poco comenzó a notar fatiga, su piel ardía con demasiada fuerza, su corazón se volvía lento por momentos. A Grace no le importaba, ella ya tenía las respuestas que buscaba. La vida no consistía en ver amanecer y anochecer a través de una ventana. Vivir no era refugiarse de lo que podía pasar ni tampoco preguntarse sobre cómo serían las cosas si... Vivir era arriesgar.

Grace se tumbó en el suelo esperando lo inevitable. El dolor no le importaba, ella sólo sentía lo maravilloso que era el mundo. Pues bien, era cierto que durante sesenta y cinco años anduvo entre la penumbra, pero por primera vez y última vio la luz y eso fue suficiente para ella.

Poco a poco sus ojos, que tan solo unos minutos antes se habían abierto por primera vez, volvían a cerrarse. Y la niña miró por última vez a través del cristal.

 

 

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