Otra oportunidad

 

Ana Isabel Pérez Peña, 4º ESO

-- ¡Hugo! ¡Hugo! -- Oí gritar, la voz era de un chico de unos quince o dieciséis años. Todo a mi alrededor estaba borroso, tardé un poco en ver con nitidez y me di cuenta de que estaba en la cama de un hospital,- de repente me encontré rodeado de enfermeras, no sabía qué pasaba. -- ¿Hugo estás bien? -- Decía el chico, yo no recordaba nada salvo mi nombre, no sabía cómo había llegado allí ni quién era ese niño que tanto se preocupaba por mí. Llegó el doctor, me hizo una serie de pruebas y se puso a hablar con las enfermeras, solo comprendí una palabra, amnesia. Pregunté qué me pasaba y cómo había llegado allí, las respuestas no fueron muy alentadoras, me dijeron que llevaba tres días en coma tras una pelea en la calle y que sufría amnesia, no sabían si temporal o permanente.

El chico de antes volvió a entrar, pronto descubrí quién era, era mi hermano pequeño. Me miré al espejo, yo tenía veinte años y mi rostro era más maduro, pero realmente ese chico era igual que yo, tez morena, labios gruesos y grandes ojos verdes, no podía creerlo, tenía delante a mi hermano y no lo reconocía. Los médicos le explicaron qué me pasaba y tras un rato llorando se presentó, como ante un completo desconocido, se le veía asustado.

-- Hola, soy Dani, tengo dieciséis años y soy tu hermano, bueno -- titubeó un poco antes de seguir -- y tu única familia. -- Este último dato me dejó impactado, le pregunté sobre la pelea que me había llevado a esta situación y le pedí que me hiciese un resumen de mi vida. Tras horas hablando mis principales dudas ya estaban solucionadas, vivía sólo con mi hermano en un pequeño apartamento de Madrid, mi madre había muerto hacía diez años y mi padre, tras volverse alcohólico, desapareció hacía unos dos años, al cumplir yo la mayoría de edad. Ahora yo era responsable de Dani y la pelea había surgido porque unos tipos habían intentado robarle y salí en su defensa.

Mientras seguíamos hablando llegó una chica, la cual, por la descripción que Dani me había dado antes, deduje que era Lucía, mi novia. No paraba de llorar, estaba muy asustada, intenté calmarla pero fue inútil, abrazó a mi hermano y salieron de la habitación para hablar. Cuando volvieron dentro, Lucía ya no lloraba, tampoco era capaz de hablar, pero sus preciosos ojos marrones lo hacían por ella, estaba aterrada, contenía las lágrimas con todas sus fuerzas y estaba blanca como el papel. Tras hablar un rato, se ofreció para cuidar de mi hermano hasta que me dieran el alta y ambos se marcharon, no vi a nadie más en todo el día, cosa que realmente agradecí, ya había tenido demasiadas emociones y debía asimilar muchas cosas.

Dani y Lucía se turnaban para venir a verme, Dani me contaba la historia de nuestra vida y yo no sé si no podía o no quería creerla. Habíamos sido dos niños felices hasta que el cáncer nos arrebató a nuestra madre, tras esto nuestro padre cayó en una profunda depresión y se volvió alcohólico, muchas noches llegaba a casa borracho y nos pegaba. Al cumplir los quince años le empecé a plantar cara y no dejaba que pegase a mi hermano, y siempre le repetía lo mismo, que cuando cumpliera los dieciocho años cogería a Dani y me largaría de casa, no fue necesario, el mismo día de mi cumpleaños, mi padre desapareció sin decir nada.

Después de unas horas, Lucía hacía el relevo, llevábamos dos años juntos y nos habíamos conocido en el instituto, ella estaba ahora en la universidad, yo no podía permitirme ese lujo, trabajaba en un taller, mi jefe era un buen hombre, conocía mi historia y por ello siempre tenía una gran consideración conmigo. Lucía me hablaba de nosotros, de todo lo que habíamos vivido juntos, de mis amigos, que por desgracia no eran demasiados, y de otras muchas cosas.

Yo seguía sin recordar nada, pero no me cabía la menor duda de que ella era la mejor chica del mundo, me encantaba que estuviese allí conmigo y me hablase de cualquier cosa, su sola presencia me hacía feliz y tenía claro que eso era amor y que por suerte no lo había olvidado porque no se guarda en la cabeza, sino en el corazón.

Dos semanas después me dieron el alta hospitalaria, volví a mi casa con mi hermano y con Lucía, que se había empeñado en quedarse hasta que me adaptara de nuevo. Aquel quince de marzo comenzó mi nueva vida, una nueva historia que emprendía rodeado de las personas más importantes para mí, quizás había sido el destino el que había querido que todo volviese a empezar y mis recuerdos ya no estuviesen llenos de dolor y rabia sino de felicidad y esperanza.

 

 

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