El mito de Pirene

 

Arturo Lambán, 3º ESO La Salle Montemolín

Entre todas las montañas que arrugan la superficie de la Tierra, ninguna hay tan hermosa como nuestros Pirineos que cosen nuestra piel de toro que es España al resto de Europa. Es obligatorio conocer los Pirineos. En invierno, cuando la nieve suaviza con su tapiz blanco todas las cosas convirtiéndolas en algodón. En primavera, cuando la naturaleza juega como un niño y viste a las montañas de colores. En verano, cuando sus azules cumbres se funden con el cielo. Y en otoño, cuando sus bosques se tiñen de un color de oro viejo. De la creación de este bello lugar hablar una leyenda. De todos los dioses, había dos especialmente fuertes. Uno era Atlante, que tenía como misión sostener las columnas que separan el cielo de la tierra y llevar el universo a cuestas. El otro era Hércules, valeroso como nadie, pero cruel como ninguno. Había nacido tan maldito que una diosa le mandó a la cuna dos serpientes para que le matasen, pero el propio bebé las estranguló.

Atlante y Hércules eran enemigos; naturalmente era demasiado poder para convivir. Atlante era pacífico y vivía en el reino de Atlanta, mientras que Hércules no tenía patria y recorría el mundo arrasando lo que encontraba por el camino.

Así fue como Hércules se enamoró locamente de la más bella de las diosas, Pirene, hija de Atlante. La pretendió como esposa, pero Pirene adoraba a su padre y se juró que nunca amaría a Hércules. Este, lleno de ira, dando un garrotazo formó lo que hoy conocemos como Estrecho de Gibraltar.

La bella Pirene huyó de él escondiéndose en las montañas que recibieron su nombre (Pirineos). Hércules, desorientado, recorrió todo el mundo buscando a su amada. Cuando esto llegó a oídos de Pirene, esta temerosa de Hércules, prendió fuego a los Pirineos prefiriendo ver todo arrasado que caer en los brazos de Hércules.

Este estaba en Italia, y viendo la humareda del Pirineo elevándose hasta lo alto del cielo, se imaginó la tragedia, y a grandes zancadas se dirigió a nuestras montañas. Llegó al atardecer, cuando ya todo era una inmensa ascua: los bosques ennegrecidos y sus árboles retorcidos convertidos en carbón. Empezó a rebuscar orientándose por lo único que no ardía: las lágrimas de Pirene que salpicaban la montaña y se quedaban cristalizadas en los inmensos ibones de azul intenso que todavía existen.

Solo al llegar la madrugada pudo encontrarla. Quiso rescatarla, pero era demasiado tarde: Pirene estaba muerta con un rostro sonriente por haber podido burlar al hijo de Zeus. Jamás ni ella ni su monte se someterían a nadie ni a nada.

Así pues tomó a Pirene y la enterró allí mismo preparando un mausoleo colosal que jamás nadie olvidaría. Llamó a grito a los titanes y con ellos cogió las gigantescas rocas y montañas y las apiló sobre ella hasta dejar acabada la inmensa desafiante hasta los dioses.

Y sobre su enorme cordillera, colocó un sudario blanco de nieve.

 

 

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