Recuerdos de lluvia

 

Primer premio categoría 3° y 4° de ESO. Concurso de Narración San Valero 2014

Celia Morcillo, 3º ESO Fundación San Valero

A cada paso que daba, la lluvia se introducía en mí como duras lenguas de hielo. Caminar me parecía imposible, sentía que la respiración me fallaba. Apenas distinguía lo que eran mis lágrimas de dolor del agua que caía sobre mí, cada vez mucho más gruesa y fría. Mis sentidos estaban paralizados, no era capaz de distinguir entre la luz y la oscuridad, sólo podía caminar y caminar sin saber qué rumbo coger, simplemente daba pasos para alejarme de mi dolor.

El miedo que meses atrás me había acompañado y que había conseguido que desapareciera parecía haber vuelto a mí como si fuera una vieja amiga, con la fuerza suficiente como para no abandonarme. El chapoteo de mis pies descalzos sobre el asfalto me hacía ver que seguía vivo, aunque no supiera dónde.

Mi vida meses atrás se había convertido en un infierno, al ver la ida de un ser querido alejarse cada vez más y más. Era insoportable, pero no puedes huir y dejarlo solo, sobre todo cuando te necesita. Mi padre había caído enfermo días antes de mi cumpleaños, y todos pensábamos que era una simple gripe o algo parecido, pero cuando ves que casi no es capaz de levantarse de la cama, no ponerse de pie, sabes que es algo mucho peor. Todo empeora cuando se ve obligado a ingresar en un hospital, con pruebas y medicamentos, en todo momento, sin parar; dolía preguntar a los médicos que era lo que tenía, y que lo único que supieran responderte fuera: "Todavía no lo sabemos, le estamos haciendo pruebas, pero pronto lo descubriremos."

Y así, día tras día con la misma respuesta, ver a toda tu familia con los ojos vidriosos diciendo palabras de ánimo no ayudaba a nadie, simplemente se lo decían a ellos mismos para hacerse creer lo contrario de lo que todos pensábamos.

Yo me sentía mal al estar allí todos los días y no poder hacer nada por él, esa persona me había dado la oportunidad de vivir. Y sentía que si uno de los dos se iba, el otro lo haría con él, y me quedaría solo, vacío por dentro, sin vida. Había crecido leyendo historias de niños huérfanos que hacían cosas increíbles, eran auténticos héroes, pero yo no me sentía así, era incapaz de afrontar la realidad de la situación, era cobarde por huir de la verdad, prefería irme con la mentira para sentirme mejor, cuando lo único que debía hacer era apoyar a mi padre.

Cuando acababa el instituto sólo quería volver corriendo al hospital para darle buenas noticias, decirle que había sacado un sobresaliente en algún examen o que me habían felicitado por hacer algo bien, pero no podía mentirle, no es esos momentos, así que intentaba hacerle sonreír de alguna manera, le leía las últimas noticias de deportes y le contaba cómo me habían ido los entrenamientos. Me gustaba la forma en la que decía que se sentía orgulloso de mí, yo no era un chico que destacara por mi nivel académico o por ser un gran deportista pero mi padre me decía siempre que era muy amable y generoso y, según él, eso valía más que todo el oro del mundo, porque eso era un tesoro.

Los últimos días que pude estar con él se me partía el corazón al verle sonreír cuando apenas era capaz de mover un dedo y mostrar una mueca de dolor. Lo hacía por mí, porque me quería, era mi padre, me dedicaba su mejor sonrisa para demostrarme que el amor puede a la muerte.

Una vez se enderezó y me hizo acercarme hasta estar cara a cara con él. Se aclaró la garganta, y con un hilo de voz apenas audible me dijo algo que nunca olvidaré: "Vive sólo para ti, no dejes que nada ni nadie te detenga en este camino que es la vida, porque si lo haces te arrepentirás, y recuerda, lo bueno de los días tristes es que después vendrán días felices". Sus palabras hicieron mella en mí, se me quedaron grabadas en el cerebro. Yo a cambio le prometí que jamás lo iba a olvidar y que siempre viviría en mi corazón.

Es fue la última vez que lo vi, no me dejaron volver a verle nunca más, creyeron que sería duro para mí verlo morir, pero nunca pensaron que sería peor para mí no poder despedirme y que siempre me quedaría ese reproche en mi interior y ya no tendría la oportunidad de decirle: "Te quiero papá."

Al despertarme por la mañana, no me sentía feliz por ser mi cumpleaños, al contrario, tenía ganas de encerrarme en el armario como cuando era pequeño y estaba triste y echarme a llorar. Normalmente ese día me levantaba con una gran sonrisa en la cara y bajaba a desayunar, mis padres me preparaban un desayuno especial y luego me daban su regalo de cumpleaños con una gran felicitación; pero ese día sólo quería estar solo y que el mundo me dejara en paz.

Tras varias horas mirando álbumes de fotos, decidí bajar y dar la cara, demostrar que no era un cobarde. Bajé las escaleras poco a poco, llamé a mi madre pero nadie me contestó; me habían dejado solo, y se lo agradecía, quería relajarme en soledad.

Vi una pequeña caja amarilla con un lazo rojo y una nota sobre ella. De lejos pude apreciar la fina caligrafía de mi padre, era su letra. Él odiaba escribir las cartas a mano, pero para mí siempre las hacía a mano, adoraba su letra.

No necesité que nadie me dijera nada, me detuve en el último escalón, sentí una presencia a mi lado, tenía su mano apoyada sobre mi hombro y apretaba con fuerza para darme ánimos. Sabía quién era, cuál era la verdad, aquel regalo no estaba allí por casualidad, lo había dejado él, era su forma de felicitarme, de decirme que me quería y que jamás me abandonaría, porque él estaba conmigo, en mi corazón y en mis recuerdos.

Puse mis pies descalzos sobre el suelo de madera, sólo quería gritar, sacar toda la rabia que había en mí; mi madre entró en casa, vestida de negro y con el pelo recogido en un moño como hacía cada vez que íbamos de entierro. Vi en sus ojos reflejados el mismo miedo y dolor. Me abrazó fuerte, tanto que pude sentir su pena como mía, e imaginé que mi padre nos rodeaba con sus largos brazos a los dos y nos decía que todo iba a salir bien.

Cuando me soltó no pude evitar el impulso de huir y salir corriendo, así que cogí el regalo que mi padre me había hecho y salí afuera, entre la lluvia y la oscuridad nada me importaba, sólo quería escapar de su dolor, su dolor y su amor por la vida, la misma que le habían arrebatado de golpe.

Seguí corriendo hasta que mis piernas aflojaron la marcha y comencé a caminar, cada vez más despacio, mis ojos estaban ciegos, no podía ver nada, luz u oscuridad. Me detuve en medio del camino, miré la nota que había sobre la tela mojada del lazo: "Para mi pequeño, feliz cumpleaños, disfruta y no olvides que lo importante es amar y no odiar", lo deshice y abrí la caja, era un marco de fotos de madera tallado a mano por él, había una fotografía de los tres, era bastante vieja, yo tenía unos tres años y estaba subido sobre sus hombros, y mi madre me daba la mano para sujetarme y que no me cayera. Todos sonreíamos, éramos felices y yo deseaba vivir en aquel recuerdo para siempre, anclado a la memoria de mi padre.

Mis rodillas fallaron y se doblaron, caí sobre un charco de agua helada, levanté la cara y miré al cielo, las nubes impedían que viera nada, se estaban apartando, formando un agujero en forma de ojo, por el que pasaba la luz y me iluminaba. En aquel momento comprendí una cosa: no servía de nada derramar lágrimas de recuerdos pasados, sino levantarse y seguir caminando para continuar viviendo, para demostrar que la muerte de aquellos a los que queremos no ha sido en vano.

Una de las cosas más tristes de la vida es decirle adiós a una persona cuando no quieres que se vaya, pero no es necesario despedirse, prefiero pensar que si no puede hacerlo fue porque volveríamos a reencontrarnos, y estaríamos juntos para toda la eternidad.

 

 

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