Atrapada

 

Daniel Crestelo, 1º Bachillerato IES Ítaca

Mediados de otoño. Los árboles se hallan desnudos, el viento se divierte persiguiendo a las personas que caminan por las calles, y las constantes tormentas componen su propia sinfonía, dejando que las nubes cargadas de lluvia liberen su contenido sobre la población. En un pequeño valle de Madrid, alejado de la vida urbana, reside una anciana mujer, conocida como Eloísa, una mujer que fue valiente y emprendedora, pero que desgraciadamente, nunca supo envejecer.

Consumida por la antipatía y el paso de los años, responde al teléfono, que acaba de sonar. Es la llamada de todos los años, esa que prefiere no contestar y sin embargo, es su deber hacerlo. Así que coge el celular, y en el tono más alegre posible que logra alcanzar dice:

--¿Dígame?

--¡Hola abuela!--contestan por la otra línea, una voz femenina e infantil. --Enseguida llega Navidad... ¡tenemos unas ganas de verte!

Eloísa disimula un suspiro. No puede comprender el significado de esa frase, porque ya es demasiado tarde, se encuentra apoderada por el pesimismo.

--¿Y el abuelo?-- pregunta otra voz infantil, esta vez masculina. --¿Volverá de su larguísimo viaje en Navidad? Eloísa aprieta el teléfono lo más fuerte que su cuerpo le permite.

Antonio, su marido y el padre de su única hija, perdió la batalla contra un terrible cáncer hacía seis meses. Eso fue la gota que colmó el vaso e hizo que la ignorancia y la tristeza se apoderasen de la anciana. Y lo peor es que está obligada a ocultárselo a sus nietos.

--No, no lo creo. --Responde.

--Bueno, no pasa nada. --Dice la niña. --Nosotros nos vamos a dar un baño, ¿te pasamos a mamá?

--No, no. --Contesta Eloísa, pues quiere evitarlo a toda costa. --Ya la llamaré.

Acto seguido, la anciana cuelga el teléfono y rompe a llorar. Demasiadas veces pidió un cáncer terminal, como el de su marido, para tener esa excusa que necesitaba para terminar con su vida. Pero ya no aguanta más, se dirige a un cajón de la cómoda de su habitación y saca dos jerséis de su difunto marido, que todavía no han perdido su característico aroma, y se los acerca a la nariz. Inspira y espira, dejando que una lágrima descienda por su mejilla.

Acto seguido, baja las escaleras de la casa, contemplando con detenimiento las fotos que hay colgadas en la pared: una instantánea de ella y su marido el día de su boda, bastante típico y tradicional, otra en la que aparece junto a su hija, agarradas de la mano, y una tercera, una foto de ella y su marido, cinco años atrás, delante de la Torre Eiffel; el fallecido está sonriendo, como si fuese el viaje de su vida y el que tanto tiempo había esperado, y la anciana mujer muestra una mueca y una actitud cansada. Probablemente había sido entonces, el comienzo de su amargura, cuando su mente empezó a nublarse.

Baja finalmente las escaleras, sonriendo, como si tuviese un momento instantáneo de lucidez, pero enseguida se dirige a la cocina. Abre un armario, repleto de pastillas que ha de tomarse todos los días. Sin embargo, hay un botecito que pasa desapercibido entre todos los demás, y que es el que Eloísa escoge. Se dirige al salón, abre el bote, saca dos pastillas y las ingiere. Al cabo de poco tiempo, su cuerpo inerte reposa sobre el sofá.

Y es que hay personas que no saben aceptar la realidad. Viven por siempre atrapadas en un mundo de ilusión, en el que todo se puede hacer y en el que al mismo tiempo, nada es imposible, y no logran madurar. Y tal vez, cuando ese pensamiento choca con la razón, y esa inocencia desaparece, la felicidad queda muy lejos, y esas personas están obligadas a creérselo, pudiendo o no aguantarlo. Hace falta aceptar la vida tal y cómo es, para llegar a disfrutarla hasta el final.

 

 

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