Una nueva vida

 

Relato ganador de la 3ª Categoría del IX Certamen del Periódico del Estudiante

María Navas Alba (Salesianos Nuestra Señora del Pi

Voy a empezar una nueva vida. Me levanto y subo las persianas. Entra el sol. Me lavo, me visto y desayuno. Enciendo la tele y me tumbo a observarla. Un cigarro, un mechero, una calada. Tranquilidad, es lo que necesitaba. Veo una película de esas típicas americanas. Un rollo. Salgo a comprar, no tengo nada en la nevera. Todo va bien, paseo relajadamente, miro a la gente, a los niños. Abandono el supermercado cargada como un mulo. Llego al portal. Un vecino me abre amablemente la puerta y me deja entrar primero. Me meto en el ascensor y pulso el cuarto. El botón está manchado. No me gusta lo que veo. Sangre. ¿Qué hago? Continúo. Abro la puerta que da al rellano. Mi casa está abierta. No puede ser. Me doy la vuelta, quiero huir. Demasiado tarde. Golpean mi cabeza.

Pasa el tiempo. Oigo ruidos, voces, pero sigo inconsciente. Se acabó mi suerte. Despierto. ¿Qué querrán ahora de mí? Ya les dije todo lo que sabía. ¡Oh, no! ¡Carlos! ¿Qué te han hecho? Tiene toda la cara destrozada. Me sientan, me atan, me amordazan. Empiezan a amenazar. Me piden información. Preguntan dónde está el dinero. No les respondo, no lo sé. No me creen.

Miro a Carlos. Llora. ¿Qué habrá hecho con el dinero? ¿Por qué no se lo dio? Todo habría acabado. Les pido tiempo para hablar con Carlos a solas. Lo aceptan y salen del salón. Sentados allí los dos, frente a frente, cara a cara, comenzamos a aclarar las cosas. Me cuenta que le robaron el dinero mientras se dirigía a saldar la deuda. Tal y como me narra los hechos, parece un robo planificado. A la vez que me va contando lo sucedido y lo que aún está por suceder, compruebo la estúpida posibilidad de poder llamar por teléfono. Estúpida, por supuesto. Han cortado la línea.

¿Qué vamos a hacer? Si nunca hubiéramos aceptado aquel trabajo fácil, nada de esto estaría ocurriendo. Pero no puedes pedir que dos adolescentes sin futuro se negaran a conseguir esas cantidades de dinero. Pero eso fue hace años, cuando no tenía nada, ni familia, ni educación, ni salida posible alguna excepto esa. Carlos era un caso igual al mío. Crecimos juntos en esto. Un día decidimos acabar con todo. Olvidarnos de ellos, los que nos manejaban, manipulaban, los que jugaban con nosotros.

Sigo hablando con Carlos. Acertadamente opina que nuestra huida, nuestra escapada, fue torpe. No contamos con muchos factores como, por ejemplo, el poder que poseen, y que son capaces de encontrar una aguja en un pajar en menos que canta un gallo. Tenía la esperanza de una nueva vida, lejos de lo ilegal.

Se acabó la charla. Entran. Son todos tan robustos e imponentes que da miedo mirarles incluso a la cara. Sus ojos son navajas en el cuello esperando una contestación nula para hacer un movimiento desgarrador.

Pedimos compasión. Intentamos convencerles para que nos dejen tranquilos. No tenemos la culpa. Ese dinero no era tan importante. No razonan. Son como máquinas programadas para hacer su trabajo.

Pasan las horas. Se les nota muy alterados. ¿Por qué necesitan tanto ese dinero? ¿No lo pueden conseguir de otra forma? Debe haber algún problema gordo detrás de todo esto. Sinceramente no me interesa saberlo. Sólo quiero salir de este laberinto en el cual estoy encerrada junto a Carlos. No encuentro salida. No entiendo nada. Quizás, si lograra tranquilizarme y poder pensar con claridad… Es todo tan frenético. La propia velocidad hace confundir el camino. Desisto. Me quedo con la esperanza de que termine este infierno pronto.

Tienen hambre. Me obligan a cocinar. Desde los fogones oigo cómo amenazan a Carlos con hacerme daño si no intenta recordar cualquier cosa de los ladrones. No puede. Vuelve a llorar.

¿Por qué tanto jaleo por unos billetes? ¿Y si somos nosotros el punto clave de todo este entuerto? ¿Y si soy sólo yo la culpable? Desvarío. Ya no sé qué pensar.

Regreso al salón. Nos dan las sobras de la comida. Hablan entre ellos. Les llama su jefe. Se ponen muy nerviosos, cada vez más y más nerviosos. Uno de ellos, harto ya de la situación, golpea brutalmente a Carlos. Grito. Grito tan fuerte que es imposible que ningún vecino no me haya oído. Me hacen callar. No puedo pararme. Les golpeo sin fuerzas. Un intento de desahogo. Pobre Carlos…

Efectivamente, era imposible. Todos callamos por un instante. El timbre ha sonado. Es la vecina. La mujer solitaria que se pasa todo el día encerrada. ¿Qué van a hacer? Ella sabe que hay gente en casa. Si abro yo la puerta podría darle alguna señal para que avisara a la policía. Lógicamente, Carlos no puede ser visto. Y ellos no deberían abrir la puerta, se alarmaría. Están confusos sin saber qué hacer. Vuelve a sonar el timbre. Me miran pero dudan. Hacen bien en dudar. Bien por ellos. Dejan a la señora tocando el timbre. A los cinco minutos ya se cansa y se va. ¿Qué va a pasar?

Carlos no se encuentra bien. No aguanta más. Cometiendo un gran error, se subleva. Se levanta y… Cae. Un tiro. Me voy a desmayar. Se insultan entre ellos. Tienen que huir. ¿Y yo? Se toman su tiempo. ¿Qué van a hacer conmigo?

Pasan los minutos como horas. Se van y me llevan con ellos. Cogen todas sus cosas. Me obligan a abandonar a Carlos. Salimos al rellano. Miro la puerta de la vecina. Se oye cómo sube el ascensor. Se para aquí, en el cuarto. Sale gente en silencio. Sigilosamente se abre la puerta que separa el pasillo de los ascensores con el rellano. Es la policía. Empieza el tiroteo y acaba. El metal entra en mi pulmón. Caigo al suelo. Cierro los ojos y empiezo una nueva vida.

 

 

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