De niña a mujer

 

Primer premio en la categoría 1° y 2° de la ESO del Concurso de Narración Fiestas San Valero 2014

María Vallespín, 2º ESO Fundación Educativa San Va

Había sido una niña sobresaliente toda mi vida. La gente solía llamarme "la dulce Carla". Decían que tenía algo especial... yo era especial. Cuando tenía seis años, nacieron mis dos hermanos gemelos, Salma y Álex. Éramos una familia muy feliz, sin embargo, con el paso de los años yo cambié, dejé de ser "la dulce Carla" para ser la Carla rebelde.

Supongo que la causa principal fue la gente con la que comencé a juntarme en el instituto, en segundo y tercero. Mis padres estaban cada día más desesperados conmigo, no sabían qué hacer; empecé a consumir cosas que no debería haber consumido jamás. Mi vida cambió, dio un giro de 180 grados, como se suele decir.

Mi rendimiento escolar bajó y los profesores que sabían cómo era yo me intentaron ayudar, pero no conseguían concienciarme ni hacerse conmigo.

Yo no me daba cuenta de lo que estaba haciendo, estaba derrochando mi vida, haciendo tonterías de las que luego me arrepentiría el resto de ella y seme estaba acabando el tiempo, mi vida empezaba a dejar de tener sentido.

Me llevaban a psicólogos, hablaban conmigo, pero nada, yo seguía pensando que lo que hacían y me decían era para fastidiarme la adolescencia.

En casa éramos cinco, no llegaba el dinero. Estábamos económicamente mal. Aun sabiéndolo, yo les robaba a mis padres. Estaba metida en el mundo de las drogas; robaba y las peleas de la calle en mi vida eran normales. Me castigaban, sí, pero me daba igual, porque cuando estaban trabajando me escapaba de casa.

Últimamente veía a mi madre y a mi padre llorar mucho, pero yo no le daba importancia, pensaba que, como siempre, era por mí.

Pasaron dos meses. Mis padres un día nos sentaron a la mesa a mis hermanos y a mí; parecía que era algo inquietante e importante. Yo como siempre ponía muecas. Con gestos burlescos hacia como si escuchaba, pero vamos, que me importaba bien poco ya lo que me dijeran. Mis padres lloraban sin parar; pensé irónicamente, "qué bien, ya nos cambiamos otra vez de casa", o tal vez los habían echado del trabajo. Mi padre llorando, dijo: "Chicos, a mamá le han detectado una enfermedad".

En ese momento abrí los ojos como platos y escuché atentamente. Continuó diciendo: "Mamá tiene cáncer, pero no os preocupéis que se recuperará, saldrá adelante".

Mis hermanos comenzaron a llorar desconsoladamente. Se dieron un gran abrazo todos; ellos me abrieron sus brazos para unirme, pero rechacé su petición. Mis ojos estaban inundados de lágrimas, sin embargo me hice la fuerte, no lloraría, por lo menos no delante de ellos.

Eché a correr y salí de casa. Me escondí en el descampado, al lado de mi casa. No tenía pensado volver en toda la noche. Vi un coche que paró enfrente de mí. Era mi padre, venía a recogerme. Salió del coche, se sentó a mi lado y me dijo: "Carla, ya no eres una niña como tus hermanos. Sabes perfectamente qué es un cáncer. Hay probabilidades de que mamá no lo supere. Pongámoselo fácil. Tenemos que estar unidos y apoyarnos mutuamente".

Me levanté sin soltar palabra y me metí en el coche. Supongo que mi padre me entendió. Cuando llegamos a casa me encerré en mi cuarto y no salí hasta la mañana siguiente. No se lo conté a nadie, supongo que no tenía a alguien totalmente de mi confianza.

Tenía unas ganas tremendas de volver a recuperar ami mejor amiga. Cuando empecé a cambiar, comencé a perderla.

No nos dirigíamos la palabra, sin embargo, la necesitaba.

Con la mirada fija en el suelo y la cabeza agachada, me dispuse a hablar con ella. llorando le pedí perdón por todo lo que le había hecho pasar. Le dije lo que me pasaba; al principio ni se inmutó, pero seguidamente las lágrimas llenaron su rostro y me abrazó. El abrazo duró minutos. Me perdonó y estuvo a mi lado.

Me hizo prometerle algo que al principio me fue muy difícil. Tomé una decisión, supongo que la más complicada de mi vida. Tenía que salir de ese agujero negro en el que estaba.

En mi casa no le dirigía la palabra a ninguno. Me limitaba a estar en mi cuarto. Mi mejor amiga me ayudó en todo. Empecé a dejar las drogas y comencé a a sentar la cabeza, a volver a la vida real.

Mis padres notaron un gran cambio en mí, volvía a ser la Carla de hace unos años, "la dulce Carla". No desaprovechaba ningún segundo de mi vida para estar al lado de mi madre. La familia estaba unida, de nuevo.

Así pasaron pasaron cuatro meses. Mi madre se ponía peor, pero éramos fuertes. Teníamos la esperanza de que ella se iba a recuperar. A los cinco meses la tuvieron que hospitalizar. Íbamos todos los días después del colegio a verla y estar con ella.

Había un chico que desde hacía tiempo me tenía ocupada. Se había convertido después de cinco años en mi mejor amigo; se llamaba Víctor. Pero ambos sabíamos que lo nuestro era algo más que una amistad. Sin embargo, ninguno de los dos éramos capaces de dar ese paso, el paso que nos faltaba. Él era mi apoyo incondicional, junto con mi mejor amiga. Mi madre cada vez estaba peor, sin embargo teníamos fe en su recuperación, aun temiéndonos lo peor.

Él y yo, cada momento que pasábamos juntos estábamos más unidos, nos enamorábamos más el uno del otro. Sin darme cuenta se me pasaron los meses.

Salí del instituto y Víctor me estaba esperando, como siempre, para llevarme al hospital con mi madre. Llegamos allí y nos fuimos a merendar a un bar que había cerca. Al salir del bar subimos a la habitación donde estaba mi madre. La saludamos y estuvimos charlando un rato con ella. Esa tarde también estuvieron con nosotros mis tías, que habían venido a verla.

Nos quedaba poco para irnos a casa y mi madre les pidió a todos que salieran de la habitación, quería hablar conmigo.

Me dio las gracias por este cambio que yo había dado, la había hecho más fuerte y más feliz. Me dio un gran abrazo. Sacó del cajón de la mesilla un sobre y me pidió que no lo leyera hasta llegar a casa. También me dijo: "Hija, me siento muy orgullosa de ti, gracias por todo lo que has hecho estos últimos meses por mí. Estoy segura de que voy a dejar a una mujer, a una gran mujer".

Comencé a llorar mientras le grité: "¡No, mamá, no, no! Me hizo callar: "Shh. Hija, sé que serás fuerte. Serás una gran mujer. Cuida de tu padre y de tus hermanos, te necesitan, ahora más que nunca".

Hizo llamar a mis tías, que me sacaron de la habitación a la fuerza mientras lloraba. Lo último que recuerdo de mi madre fue que me sonrió y mandó un beso al aire. Víctor me agarró con fuerza intentando calmarme y entonces mis hermanos y mi padre vinieron y todos comenzamos a abrazarnos mientras venían los enfermeros. Vimos como sacaron el cuerpo de mi madre. Todos nos echamos encima de ella, llorando, pero nos quitaron rápidamente. Sabía que ahora tenía que ser fuerte, por el bien de todos.

Después de aquello, nos fuimos a casa.

Mi vida había cambiado en menos de un segundo. Cuando íbamos en el coche leí su carta: "Hola mi amor. Sé que cuando estés leyendo esto me habré ido. Has sido muy fuerte. Cuida bien de todos. Os quiero mucho, siempre os cuidaré, esté donde esté. Cuando me necesitéis, ahí estaré, a vuestro lado siempre, aunque no podáis verme. Recuerda todo lo que he enseñado, todas nuestras horas de charla, para que te sirvan en el futuro. Te harán una gran mujer. Os quiere, Mamá".

Realmente lo pasé muy mal, pero conseguir llevar a cabo todo lo que un día prometí. Cuidé de mi familia. Supongo que la noche en la que mi madre murió, pasé de ser una simple niña de 16 años a ser toda una mujer.

Ahora soy muy feliz junto a mi familia. Echo mucho de menos a mi madre cada día, la necesito ami lado, aunque sé que ella me cuida, allí donde está.

Me propuse un gran reto en mi vida. Supongo que gracias a mi madre, ahora soy quien soy. Juré que me convertiría en una gran escritora, una de las mejores, para poder escribir la historia de mi vida, que titularía "De niña a mujer".

 

 

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