Días de niebla y tabaco

 

Juan del Prin Alfranca, 1º Bachillerato Escuelas Pías Zaragoza

Entre las cortinas de niebla duerme aún la húmeda y pequeña ciudad, con su cielo nocturno y sus edificios a medio terminar. Las farolas todavía encendidas niegan apagarse quizá, para seguir dando ese color sepia a las calles adoquinadas y desiertas. De forma aleatoria, las almas medio dormidas salen a poblar la hora punta llegando, como siempre, tarde a trabajar .Tan ajetreados que no les da tiempo ni a disfrutar del amargo aroma del café en ayunas. Nadie tiene tiempo de nada, prefieren caminar con prisa y con la vista puesta en el reloj que escuchar cómo suena la crecida del río.

Y de entre todo ese silencioso barullo surge una figura conocida entre la gente del barrio, se pone en la boca un cigarrillo, lo enciende, se ajusta la bufanda y comienza su camino hacia ninguna parte. Don Damián sale de casa siempre a la misma hora, alza la vista para contemplar cómo se evapora la noche y se aferra a su bastón de madera canadiense. Va a paso lento porque le parece divertido observar como esos hombrecillos trajeados discuten con sus teléfonos. Después de asistir a la improvisada comedia de la vida continua su camino por la parte derecha del río. Tumbado bajo un porche y envuelto en una funda nórdica de cartón un vagabundo alza su botella de coñac y entre titubeos de frío y borrachera logra decir "¡Buenísimos días, Don Damián!". El hombre, que hace una mueca con la sonrisa, devuelve el saludo levantando la mano con la que sostiene una pequeña columna de cenizas.

Tras callejear y presenciar el asesinato de una paloma a manos de un rojizo gato Don Damián logra llegar al banco del puente para acontecer a ese momento de la mañana, se reposa y mira hacia el Este. Mete la mano en la gabardina y busca su cajetilla metálica donde guarda los cigarrillos, dos caramelos de menta y un calendario del 98. Pero de todas esas inservibles reliquias encuentra algo pequeño y rugoso. Es un recuerdo, uno de esos que te devuelven a los días del pasado donde el aire no es aire sino nostalgia, esa sensación de volver hacia atrás, esa sensación es la que invade a Don Damián al recordar cómo veía el mundo con aquellos ojos jóvenes, como la veía a ella y como la ve ahora en ese rugoso recuerdo .Don Damián tiembla, no tanto por el frío, más bien por el vacío que de nuevo recuerda, un sofá vacío, una casa vacía, una vida vacía. Desliza el dedo por la fotografía, como si tratase de acariciar esos días, como si tratase de traer de vuelta cada segundo de aquella maravillosa época que se fue con los otros inviernos. Don Damián besa ese pequeño trozo de recuerdo y lo guarda a buen recaudo en su cartera de piel.

Y entonces encuentra el ansiado, el tiempo vuelve a pasar y de entre toda esa niebla surge un tímido haz de luz, mientras toda la ciudad se transforma en una única silueta con un fondo de niebla anaranjada Don Damián disfruta del cigarrillo y se asoma con los ojos húmedos al río, y por un segundo cree que en el reflejo turbio y elegante del agua hay dos personas, un hombre y su mujer que se miran y sonríen agarrados de la mano, sin fronteras, aunque no está muy seguro de cuál de los dos es menos real.

 

 

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