El mercado del Rey

 

Jaime Mur, 2º ESO IES Monegros Gaspar Lax (Sariñena)

Hoy es 20 de junio, año 1238 de nuestro señor. Estaba yo en mi taberna llena de lujo y riqueza, mientras contemplaba el cielo cubierto por las recientes lluvias.

Se respiraba un aire putrefacto por el comercio ganadero. Hoy era día de mercado, por lo que gente de la villa y de otros pueblos acudían a contemplar la variedad artesanal y comerciante de nuestra villa: artesanía de los gremios locales, artesanía mudéjar de los muzárabes de la zona y muchos negocios más. Las calles abarrotadas de gente tenían que ser vigiladas por guardias y soldados, para así evitar la estafa del conocido ladrón de Sariñena.

Hoy tenía que salir de la taberna por un recado: comprar más toneles para la bebida. En Lalueza, no lejos de aquí, vivía una familia de toneleros con un gran prestigio adquirido lo largo de los años en la Corona. Conocía a la dueña, la cual siempre estaba en Sariñena los días de la feria. Me proporcionaba los toneles necesarios a un precio justo, lo que me favorecía bastante. Luego debía de ir a la armería y herrería de la villa, la cual pertenecía a mi primo. Tenía una técnica que no se rebajaba a la de ningún otro armero. Al ser un pariente mío, me proporcionaba armas de defensa a cambio de dejarle beber gratis. Se rumoreaba que la marca de sus armas había estado hasta en las Baleares.

Hoy no era un día común, debido a que había un gran pedestal con las enseñas de Aragón que se alzaba en frente de la iglesia. No podía creer quien se alzaba en el altar, ¡Jaime I, El Conquistador! La gente se iba concentrando poco a poco a su alrededor para escuchar el discurso de nuestro Rey. Iba vestido con su brillante armadura y se podían observar detalles en su vestimenta interior. El discurso decía cómo el gran Rey había reconquistado Valencia y las islas baleares del yugo de Al-Ándalus, expulsando a los árabes de la zona restantes. Tras su gran discurso, se alzaron al unísono grandes estandartes con la bandera aragonesa.

Lo más sorprendente fue que al finalizar el discurso, acudió a mi taberna, y su rostro decía que le parecía bastante adornada, lo que le impresionaba. En la despensa tenía una jarra de cristal de Murano, la cogí y le serví el mejor vino de mi bodega clandestina. Me dijo que era el mejor vino que había probado en años. Gracias a ello, dictó en una carta especial que esta taberna seria reconocida por los privilegiados del reino. Durante los años posteriores me hice rico gracias y pude permitirme la compra de un pequeño palacio en las orillas del río Alcanadre. Ese día fue como un soplo efímero de honor. Aquel día mi Rey me dio un consejo: si quieres tener el nivel que mereces, debes servir la misma gloria que a mi persona.

Posteriormente, el rey emprendió su arduo camino a la batalla. Por dónde el surcaba se oía mi nombre entre rumores y leyendas que clérigos y campesinos contaban por los rincones del reino. Y aquí estoy yo, un viejo noble que cuenta la historia de su vida desde los umbrales del bajo nivel hasta las andadas de un fiel noble al servicio de su majestad.

 

 

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