Pinocho no sabe de mates

 

María González Abadía, 2º ESO Colegio Santa María de la Esperanza

Pinocho sólo tenía una desgracia en su vida: se le daban fatal las matemáticas. Le pasa a mucha gente, pero él tenía la mala suerte de que sus dos padres eran matemáticos, más aún, les encantaban las matemáticas, eran la pasión de sus vidas y no podían entender como un hijo suyo podía ser tan torpe. De hecho, el nombre de Pinocho no era un homenaje al personaje del famoso cuento, era la combinación del número Pi; de la letra "n", que representa la n-ésima parte de las cosas; y el número "ocho" que es el infinito puesto de pie.

No es que Pinocho fuera tonto, es que veía el mundo a su manera, por ejemplo, una vez en el colegio tenía que calcular la mitad de ocho, y a él le salió cero, porque tenía claro que si partes un ocho en dos mitades salen dos ceros, uno arriba y otro debajo, pero al profesor no le sirvió la explicación y esa fue, precisamente, la nota que le puso. Otro día, en un examen, había que calcular la hipotenusa de un triángulo rectángulo, se indicaba que los catetos medían 5 y 6 centímetros. Y la hipotenusa x, y se pedía "halla la X", Pinocho rodeó la letra con círculo rojo y con una gran flecha bajo la que escribió ¡Aquí está! No podía creer que fuera tan fácil, y claro, no lo era.

Pero aparte de esta desgracia con las matemáticas, Pinocho era un chico feliz, bastante guapo y sano, practicaba muchos deportes, le gustaban especialmente el bádminton y el balonmano, curiosamente era muy buen jugador de billar, a pesar de que este juego es pura geometría de rectas, ángulos, triángulos y cálculo de distancias.

Pinocho, el desastre de las matemáticas, sabía sin saber cómo que si le daba a la bola con un ángulo determinado y con suficiente fuerza el resultado era un avance de la misma potencia que el impulso y que pegándole a la bola en el costado obtenía un resultado inverso, o como lo decía él en su propio lenguaje: "si le pegas bien a la blanca metes la bola en el agujero". También era muy bueno con el ajedrez, él no sabía de cálculos, combinaciones ni variantes de movimientos, él veía un campo de batalla y dirigía a sus hombres a la lucha, imaginándose que su ejército eran los personajes de El Señor de los Anillos enfrentándose contra los orcos, estaba tan metido en el juego que se concentraba completamente y así aplicaba sin darse cuenta las mejores estrategias.

La verdad es que Pinocho era un gran matemático en la vida real, el veía las matemáticas de otra manera pero lograba hacer las cosas bien cuando había que hacerlas, su problema eran los exámenes, el poner la matemáticas en un papel, a su imaginación eso le parecía muy aburrido y la cabeza se le escapaba a otro sitio, no podía evitar que el número tres le pareciese un bigote tumbado, el cuatro una silla o el ocho dos riquísimas rosquillas que se habían quedado pegadas en la sartén.

Sólo una vez su imaginación le trajo suerte en un examen de matemáticas, primero tenía que escribir la tabla del nueve, ¡precisamente la del nueve, la más difícil de todas!, él que no conseguía memorizar ninguna tabla porque con la musiquilla de decirlas se despistaba y terminaba inventado canciones. Y después, para rematar había un cuadrado y tenía que dividirlo en cuatro triángulos equiláteros.

Desanimado Pinocho empezó con la tabla, escribió: 9x1=9; 9x2= y ahí se perdió, y hasta el 9x10=90 no se volvió a encontrar. Así que decidió numerar las que no se sabía para ver cuantos fallos iba a tener, escribió: 9x1=9; 9x2=1; 9x3=2; 9x4=3; 9x5=4; 9x6=5; 9x7=6; 9x8=7; 9x9=8; 9x10=90

¡Nueve fallos!, no pudo creer que fuera tantos, así que volvió a contar desde abajo: 9x1=9; 9x2=18; 9x3=27; 9x4=36; 9x5=45; 9x6=54; 9x7=63; 9x8=72; 9x9=81; 9x10=90

¡Pues sí que eran nueve!, con la moral muy baja pasó al segundo ejercicio, lo miro y remiró y como no sabía hacerlo, con rabia lo tachó. ¡Saco el primer y último diez de toda su vida en matemáticas!

 

 

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