La misa de la Fórmula 1

 

Relato ganador de la 4ª Categoría del IX Certamen del Periódico del Estudiante

Ainhoa Corral Luna (Colegio El Pilar Maristas)

Don Antonio García se levantó a las seis y media de la mañana, cogió de la cocina un trozo de bizcocho que había preparado su mujer y un café, y se fue al salón a tumbarse e el sofá. Cogió el mando a distancia y pulsó el canal donde iba a emitirse la carrera de Fórmula 1 mientras sorbía un trago y le daba un mordisco al pastel. Mientras los pilotos se preparaban en la pantalla, don Antonio García se tiró dos ventosidades, se arrebujó en la manta y pensó la maravillosa que era la vida en esos instantes.

El señor Antonio García, respetable empresario y buen marido y padre, no podía perderse ni una sola carrera. Ni las repeticiones. Ni las entrevistas posteriores. Y a su familia tal obsesión le parecía patológica. Su mujer siempre le estaba diciendo que parecía tonto, que mira que no aprovechar y dormir hasta tarde él que podía permitírselo, que vaya pérdida de tiempo levantarse a esas horas. Cuando le decía ya con desesperación a la hora de las comidas que se sentara de una puñetera vez en la mesa, que ya que se levantaba de madrugada lo más normal sería que no tuviera que ver la repetición, que pudiera comer con todos los demás y hablar de sus cosas, don Antonio García gruñía. Y, por supuesto, no hacía ni caso. Se apoltronaba en su sillón y seguía cada comentario y cada curva como si los memorizara, como si su vida dependiera del resultado de aquella competición.

Su hijo pequeño salía siempre en su defensa. A él no le gustaba la Fórmula 1 y evitaba el salón cuando su padre entraba en crisis, pero a su madre le decía, muy serio y preocupado, que cómo iba a dejar de ver la repetición, si debía de ser lo más interesante. Ella le lanzaba una mirada interrogante y su hijo siempre salía con cosas como que los pilotos que no habían ganado ya se lo sabían y seguro que en la repetición lo harían mejor y cambiaría el resultado. Cuando don Antonio García escuchaba a su hijo le entraba la risa por dentro, pero le daba la razón con la misma seriedad delante de la madre, que salía de allí resignada y aburrida.

Poco a poco, la familia había ido aprendiendo que cuando había carrera el salón adquiría una atmósfera imposible de traspasar. En primer lugar, porque a don Antonio García se le olvidaba incluso ducharse y, en segundo lugar, porque se pasaba toda la mañana encerrado allí, enterrado en el sofá y sepultado con la manta por encima, soltando ventosidades. Vamos, que olía mal. Tan mal que nadie quería entrar.

Don Antonio García hacía chistes al respecto y decía que los domingos por la mañana el salón se transformaba en una especie de templo y había misa. Y que el olor provenía del balanceo del incensario por parte de los monaguillos. Cuando el niño le escuchaba se reía y hacía ruidos soeces para molestar más a su madre.

Pero regresemos al templo, aquel domingo por la mañana, de café y bizcocho, manta y gases, cuando los pilotos salían a toda velocidad y comenzaba la carrera; los ojos de don Antonio García completamente fijos en todos los puntos de la pantalla. En todos los puntos…

La televisión debía de estar fallando y don Antonio García se dio cuenta enseguida. Los cuatro bordes tenían un tono azul bastante molesto, que no le dejaba ver con la precisión que hubiera deseado los nombres de los pilotos cuando aparecía la clasificación provisional. Y también se dio cuenta de que aquel no era un día normal porque tales nombres, que conocía ya como el de su mujer y su hijo, no se correspondían con las nacionalidades que también sabía de memoria. Para colmo, su hijo le dio un susto de muerte al permanecer de pie junto a la puerta entreabierta, como un fantasma, sonámbulo. Se acercó lentamente con los ojos medio cerrados y se sentó en el sofá, mirando a su padre fijamente. No apartó la mirada ni un solo instante y a don Antonio García se le pusieron los pelos de punta al escucharle murmurar con una sonrisa inquietante que hoy todos los pilotos morirían.

Don Antonio García no se atrevía a mirar a su hijo a los ojos, pero tampoco se atrevía a mirar la televisión. El comentarista no era el de siempre. Se trataba de una mujer. Y estaba cantando. Cantaba la carrera con la melodía de las viejas canciones infantiles. Don Antonio García sintió que se mareaba. ¿Sería verdad lo que estaban viendo sus ojos y escuchando sus oídos? De repente, su hijo se puso a cantar con la comentarista. Y decía lo mismo y a la vez. Como si ya supiera la canción de antemano. Como si conociera el resultado. Y aquello hizo que don Antonio García se levantara de un salto y tirara el café y el bizcocho al suelo. Su hijo y la comentarista comenzaron a reír al mismo tiempo de una manera que le puso todavía más nervioso. Continuaron entonces la melodía diciendo pum, y salió de la pista, y pum, el coche explotó, y pum, se acorta la lista, pum, la carrera acabó...

Don Antonio García volvió la vista a la pantalla y vio cómo todos los coches ardían, cómo algunos se habían salido de la pista, cómo otros explotaban en ese mismo instante. Todos los pilotos, los mejores del mundo, estaban atrapados entre las llamas. Y don Antonio García se puso a llorar cuando la comentarista, riéndose de nuevo, fue nombrando a cada uno de ellos como si fuera segura su muerte, y nombró también a su mujer y a su hijo, que había desaparecido del sofá cuando volvió a mirar.

Don Antonio García se puso a chillar y su mujer se levantó de la cama. Cuando llegó al salón asomó la cabeza, vio a su marido agachado en el suelo, llorando y gritando, y se volvió a la habitación para continuar durmiendo. En el pasillo se encontró con su hijo, que le preguntó preocupado qué le pasa a papá, y ella le contestó que tranquilo, que está triste porque ha ganado otro piloto en la repetición, a lo que el niño sonrió, comprensivo, y regresó a su habitación.

Antes de volverse a dormir, la mujer de don Antonio García hizo una llamada de teléfono. Lo cogió un hombre, que pareció alegrarse cuando ella le dijo que muchas gracias, que el bizcocho había dado resultado, y que esperaba que se le pasara el efecto pronto porque le había dado un poco de pena verle así. El señor le aseguró que sí, y así ella pudo continuar durmiendo, sabiendo, casi con seguridad, que su marido no volvería a construir un templo oloroso en su salón ni volvería a emitir misas de Fórmula 1 en su televisión.

 

 

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