Un galéon hundido

 

Layre Álvarez, 3º ESO Colegio La Salle Montemolín

Rondaban las seis o las siete de la tarde. El sol se estaba poniendo y yo estaba sentado en la proa de aquel monstruoso y maravilloso barco. La luz del sol me daba justo en los ojos, pero no me importaba porque la estampa de aquel paisaje era maravillosa. Alargué el brazo para alcanzar a tocar la bola de fuego amarilla y vi lo precioso que es el mar. Siempre lo ha sido, pero en ese momento las circunstancias acentuaron su belleza.

Aún así ya se había hecho tarde y debía continuar con mi trabajo. Mis "compis cazatesoros" y yo llevábamos toda la mañana dentro del agua salada para que el mar nos dijera el camino hacia un regalo escondido. Me cubrí el cuerpo con neopreno y convertí mis pies en los de un pato gigante. Protegí mis ojos, me hice con el oxígeno, y mis compañeros hicieron lo mismo. Una vez en el mar, repetimos el mismo proceso que llevábamos haciendo a lo largo de todo el día. Nos dividimos en parejas, inspeccionando cada una, una zona diferente y aislada.

Mi colega y yo mirábamos detenidamente cada detalle del fondo del océano con la esperanza de darnos alguna alegría. Entonces, ocurrió: --Oye, ¿has visto eso? --Sí, me ha parecido ver el mástil de un barco. Esa es la conversación que intuí que tuvimos bajo el agua. Ambos nos dirigimos en la misma dirección, hacia nuestro objetivo, no sin antes avisar a los demás del descubrimiento. Una vez llegamos allí, ninguna nos podíamos creer lo que estábamos admirando con nuestros ojos... ¡un galeón hundido! ¡Y lo habíamos encontrado nosotros! Fuimos a verlo detalladamente y a descubrir qué secretos callaban las paredes ya casi deshechas de aquel antiguo barco.

Las pocas cosas que habían aguantando de una pieza era totalmente asombrosas. Había cofres, monedas... Imaginé que pudo haberle pasado a aquel barco para acabar de esa manera, escondido en las profundidades marinas. Me imaginé a una gran tripulación surcando los mares con olas gigantes, y el galeón tambaleándose en una terrible tormenta. Pero de pronto sonó el despertador, era por la mañana y tocaba levantarse para ir al colegio.

 

 

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