¿Qué ha pasado, mamá?

 

Segundo premio categoría 1° y 2° de ESO Concurso Fiestas de San Valero 2014

Alejandro González, 3° ESO Fundación San Valero

Sonó mi despertador como todas las mañanas y me levanté a apagarlo. Subí la persiana y presentí que algo había ocurrido cuando vi que la chimenea de la fábrica donde trabajaba mi padre no echaba humo. Salí de mi cuarto dirigiéndome a la cocina donde seguramente se encontraba mi madre, como todas las mañanas, preparando el desayuno. Llegué a la cocina pero no la encontré allí. Mientras caminaba oía un llanto de tristeza, angustia y desesperación que provenía del salón y fui a ver qué pasaba. Me apoyé en el marco de la puerta y vi a una mujer de mediana edad que, sentada en el sofá, sollozaba entre lágrimas; de esas que son inevitables cuando una situación te supera, te angustia y te entristece.

Cuando me dirigí a ella, vi a mi madre, con aquella mirada triste, profunda y sincera. Entonces comprendí que algo malo había pasado o iba a pasar, puesto que nunca había visto llorar a mi madre de esa manera.
--Cielo siéntate aquí, tenemos que hablar- me dijo con voz apagada.
--¿Qué ha pasado, mamá?- le pregunté con gran inquietud.
--Verás hijo...- comenzó a explicarme
--La fábrica donde trabajaba papá ha cerrado. Anoche cuando volvió de su último turno, preparó las maletas, cogió todos nuestros ahorros y se marchó de casa.

Cuando mi madre acabó de explicarme lo que había sucedido, volvieron a brotar de sus ojos más lágrimas y volvió a sonar la respiración profunda y entrecortada de aquella mujer. Al principio yo me quedé paralizada a causa de aquella situación, pues no comprendía nada de lo que estaba ocurriendo, pero lejos de callarme, decidí llegar al fondo de aquello.
--Mamá, ¿dónde se ha ido papá?- pregunté.
--No lo sé, cielo, no lo sé- me contestó algo cansada.
--¿Va a volver?- volví a preguntar.
--No lo creo, hijo, no lo creo- volvió a contestar de la misma manera.

Tenía tantas preguntas que hacerle, que seguramente no tendrían respuesta, pues todo se hizo demasiado confuso y no podía parar de preguntarme ¿por qué? No lo comprendía. Todo siempre nos fue bien y éramos una familia feliz, o al menos eso pensaba hasta ese momento. Mamá seguía llorando y decidí parar de preguntar. Ya haría más preguntas cuando tuviera que asimilar lo que acababa de suceder. Supuse que lo que necesitaba mamá sería el apoyo incondicional de su hijo. Al fin y al cabo yo era todo lo que tenía, y siempre que yo tuve un problema ella permaneció a mi lado en todo momento, apoyándome.

En ese instante me giré hacia la pantalla del televisor, pero enseguida reaccioné y a los pocos segundos me giré hacia ella.
--¡Mamá!- La llamé.
--¿Qué quieres hi...? No le deje acabar la pregunta ya que me aproximé a ella y nos fundimos en un abrazo, fuerte y profundo, de esos que duran minutos y en el que un montón de sensaciones y emociones resaltan e inundan el ambiente. Sensaciones y emociones de esas que hacía tiempo que no sentía. En aquel abrazo encontré el cariño y los sentimientos que una madre siente hacia su hijo. Ella me contó que había encontrado en mí el apoyo y la comprensión de aquella situación que nos había tocado vivir.

Siempre recordaré aquel día, puesto que fue el comienzo de una nueva vida. Los primeros meses fueron muy duros y mamá decidió que lo mejor sería vender la casa y marcharnos de ahí, y así lo hicimos. La casa se vendió rápido y nosotros nos marchamos a la capital dejando en aquel pueblo amigos, familia, recuerdos y lo más importante, nuestro pasado.

Dejar nuestro pasado fue algo difícil que debíamos hacer, pero esencial para empezar una nueva vida en la capital. No nos fue tan mal. Mamá enseguida encontró trabajo limpiando en la casa de los Gómez, una familia muy adinerada. Yo seguí con mis estudios, acabé el instituto y entre en la universidad persiguiendo un sueño que tenía desde hacía mucho tiempo: estudiar Psicología para comprender el comportamiento del ser humano, aunque después de tanto tiempo y de haberme licenciado, aún sigo sin comprenderlo todo, ya que cada uno somos, pensamos y sentimos de manera diferente, puesto que cada uno de nosotros somos únicos y exclusivos. Podríamos recorrer el mundo entero y no encontraríamos a personas igual que nosotros.

En cuanto a mi padre, jamás volvimos a saber nada más de él ni lo volvimos a ver pero, después de todo lo que hemos pasado mamá y yo, aprendimos a vivir sin él. De vez en cuando nos sentamos juntos en el sofá, echamos la vista atrás y nos ponemos a recordar viejos tiempos de cuando éramos una familia "entera". Caen algunas lágrimas de nuestros ojos cuando nos acordamos de aquel día que hizo que nuestras vidas cambiaran. Pero enseguida, cuando nos damos cuenta de la trayectoria que nuestras vidas siguieron y de todo lo que hemos conseguido hasta ahora, las lágrimas paran y emergen las sonrisas que habíamos escondido en nuestro interior. Después de aquello aprendimos una valiosa lección, que nos ayudó a ser felices y a afrontar las adversidades. La vida, el destino y quién sabe qué, nos dio un gran palo, pero quizá no contaba con que las personas desafiamos a las situaciones difíciles y salimos hacia delante.

 

 

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