Un café da para mucho

 

Chesús Lanaspa López, 4º ESO IES Sierra de Guara

Un domingo, no recuerdo bien cuál, creo que a mediados de mayo, fuimos a comer como de costumbre a casa de mis abuelos. Al terminar la comida, me quedé con mi abuelo en la mesa tomando un café y charlando sobre la vida. Durante el coloquio salió un tema no muy nombrado en mi familia: los duros años de la juventud de mis abuelos. Yo, intentando no hacer muchas preguntas, fui sacando toda la información que pude, pero enseguida me di cuenta de que mi abuelo estaba dispuesto a contar más y más, cosa que me extrañó. Sin dejarse ningún detalle, me contó todo lo que sucedió en el pueblo en el que se crió: sus costumbres, sus enamoramientos, las despedidas y alegrías que había vivido con los suyos, pero me sorprendió con una historieta que de no ser por el convencimiento con que lo contaba, parecía sacada de un libro de aventuras.

Se trataba de la vida de un tal Paco, el del molino, vecino y amigo suyo. Paco era un niño de padres poco religiosos, pero educados y trabajadores. A pesar de su ideología, estos no pusieron ninguna pega cuando Paco fue con la idea de ser monaguillo junto con Mosén Millán, el cura de Alcolea de Cinca, el pueblo de mis abuelos. Mosén Millán sentía un cariño especial por Paco a quien había bautizado y comulgado, pasaban largas horas juntos en la iglesia haciendo preparaciones para las homilías y ayudando al Mosén en sus tareas fuera de la parroquia. Mi abuelo me contó que un día Paco fue a dar la extrema unción a un campesino paupérrimo que vivía en las ripas del pueblo, y esto le dejó marcado para toda la vida. Mi abuelo compartió muchos momentos con él, iban a la escuela, jugaban al fútbol en la plaza y recuerda una anécdota muy divertida: cuando se bañaron en cueros en la plaza del agua y el posterior escándalo que se montó.

Paco se hizo hombre, lo dejaban salir de fiesta y trabajaba con su padre. Conoció a una muchacha guapa y encantadora. Las mujeres del carasol, entre ellas la Jerónima, decían que era la chica que Paco se merecía. Éste hizo todo lo posible para conquistarla: rondas, flores, bailes en la verbena y un sinfín de cosas más. Mosén Millán los unió en matrimonio y ese mismo año Paco fue elegido como concejal debido a sus ideas y pensamientos contra el duque que poseía todas las tierras y no había estado nunca en el pueblo. Paco quería quitarle todas esas haciendas y dárselas al pueblo para no tener que pagar tanto dinero por poder cultivar. Coincidió en ese tiempo que el rey se fue al exilio y los falangistas llegaban al pueblo matando a cualquiera sin ton ni son, como le ocurrió al pobre zapatero, a campesinos y a muchas de las mujeres del carasol.

La guardia civil del pueblo se marchó y Alcolea de Cinca se quedó sin protección. Mosén Millán no paraba de rezar por todo lo que sucedía. Paco había discutido con el administrador del duque sobre el tema pero no llegaban a ningún acuerdo. Con la llegada de los falangistas al pueblo, Paco desapareció y nadie sabía de su paradero excepto su padre, Mosén Millán fue a hablar con el padre de Paco y, tras charlar un rato, el párroco, averiguó el paradero de Paco, el del molino. Unos falangistas, junto con los hombres ricos del pueblo fueron a casa de Mosén Millán y le preguntaron a éste dónde se encontraba Paco. El cura tuvo que ceder y decirlo pidiendo que no lo mataran, solo sería juzgado y, si era necesario, encarcelado.

Al día siguiente fueron a las Pardinas a buscar a Paco, Mosén Millán dialogó y le dijo: sal, no va a pasar nada. Paco asomó una carabina por una ventana del corral en ruinas en el que se escondía, al final salió y se lo llevaron arrastras, lo metieron en un coche y lo llevaron a la pared del cementerio junto con otros campesinos. Uno a uno se confesaron usando el coche como confesionario.

Paco rogaba por la vida de los otros antes que por la suya, pero el Mosén no podía hacer nada y fueron fusilados. Mosén Millán hizo una misa de réquiem a la que no asistió nadie más que los ricos del pueblo que se ofrecieron para pagarla, pese a ser sus detractores. Mi abuelo dice, mientras se le escapa alguna lagrimilla, que no pudo asistir porque coincidió con la muerte de su madre, que, de no haber sido así, él hubiese estado en primera fila para decirle adiós a su gran amigo.

Al terminarme el café aquel domingo pensé que sería buena idea escribir todo lo que mi abuelo me había contado para que nada se me olvidara, ya que era una historia que me había conmocionado. No entendía como una persona había vivido tanto sufrimiento por conseguir lo mejor para su pueblo y que le había costado la vida, teniendo que dejar a su familia recién formada y con una hija pequeña. Mi abuelo, de repente, cambio el chip y parecía como si no quisiera contar nada más, supuse que sería mejor acompañarlo al sillón y echarle la manta por encima, no le costó nada dormirse y pensé que ahora descansaría mejor después de poderle contar a alguien esa historia que le mataba por dentro. Apague la luz, le di un beso en la frente y me fui con la sensación de haber realizado un buen acto escuchando a mi abuelo contar la historia de Paco, el del molino.

 

 

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