¿Patatas caducadas?

 

Esther de la Parra Muñoz, 4° ESO IES Itaca

Las doce y media de un domingo caluroso de verano. La casa estaba vacía a excepción de un bulto que yacía encima de la cama de la habitación más desordenada que se haya visto jamás. El bulto se llamaba David.

David era un chico de trece años con pelo castaño y piel clara, no muy distinto del resto de los de su clase. Sus padres se habían ido de vacaciones, dejándolo al cuidado de su hermana mayor. A David no le hacía gracia que lo cuidara su hermana y a su hermana no le hacía gracia tener que cuidar de él, así que se dedicaban a ignorarse. Ella solía salir mañana y tarde con sus amigos y él se quedaba en casa disfrutando de la ausencia de sus padres; el dormir hasta el medio día, por ejemplo, era una manera de disfrutarla.

Poco a poco, fue despertándose y, cuando lo hizo, puesto que tenía hambre, cogió una bolsa de patatas fritas y se sentó en la cama a comérselas. Cuando se hubo terminado la bolsa, la responsabilidad ausente durante todo el curso pareció haber entrado por fin a su cabeza, obligándole a empezar de una vez el libro y se volvió a sentar en la cama.

Llevaba leídas alrededor de cuatro páginas cuando se dio cuenta de que no se estaba enterando de nada, suspiró y volvió a empezar. Como siempre, había tenido la idea de que, leyendo, uno se aburre. Y al ir dispuesto a aburrirse, se aburrió. Pensando que la música haría la lectura más amena, encendió la mini cadena y, suspirando de nuevo, continuó leyendo.

Había conseguido terminar un capítulo entero, todo un logro para él, cuando de repente las palabras empezaron a moverse al ritmo de la música. David hizo lo primero que se le ocurrió: sujetar las palabras para que se estuvieran quietas... Y dio resultado. Soluciones absurdas para problemas absurdos.

Sin plantearse si se lo había imaginado o no, siguió leyendo y entonces sintió bajo sus pies la ardiente arena del desierto y se vio convertido en el protagonista de la historia; había dejado de ser David y, además, en todos los aspectos, puesto que ahora su objetivo era el de salvar a su padre, el faraón, de una muerte segura, tal y como contaba el libro. Se sorprendió a sí mismo andando al ritmo que marcaba la batería y se dio cuenta de que era víctima de espejismos a cada solo de guitarra. Tenía hambre y calor, y la música era lenta y depresiva. Al cabo de un rato, la música paró y fue como si se hubiese congelado el tiempo y luego volvió más estridente y amenazadora que nunca, mientras se aproximaba a él una tormenta de arena. Tan rápido como pudo echó a correr siguiendo el son de una melodía desenfrenada. Ya le empezaba a envolver la tormenta cuando, de pronto, algo le impidió seguir corriendo. Los granos de arena flotaban quietos en el aire. Advirtió que la música ya no sonaba. En cambio, se oía el sonido que producía la mini cadena al leer los CDs, pero más agudo y constante.

El libro. David tenía los ojos puestos sobre el libro. Estaba sentado encima de la cama y cuando miró a su alrededor vio su habitación tal y como la había dejado. Seguía sonando ese ruido odioso que hacía la mini cadena; el disco se había rayado. Se levantó y apagó el aparato. Seguidamente puso una marca en el libro para no olvidar por qué página iba y lo dejó en la estantería. Rescató la bolsa de patatas de la basura y empezó a leer la parte de atrás. No, las patatas no estaban caducadas... ¡Qué raro...!

 

 

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