Compartir en vez de poseer

 

Actualmente en España hay cerca de 400 empresas de economía colaborativa para compartir todo tipo de bienes y servicios

Laura Rabanaque (El Periódico del Estudiante)

Con el auge de las redes sociales y nuevas tecnologías como los smartphones han proliferado las plataformas que facilitan el contacto entre personas que ofrecen y demandan distintos productos y servicios. Algunas de las más conocidas son Uber, BlaBlaCar y Airbnb pero se calcula que sólo en España hay cerca de 400 empresas colaborativas.

Gracias a estas plataformas, podemos compartir trayectos en coche y ocupar millones de asientos vacíos, ahorrando dinero. Podemos acoger desconocidos en nuestra casa o alojarnos temporalmente en un piso ajeno por poco dinero. Podemos compartir un huerto, una comida en casa o conexión wifi, abonarnos a un grupo de consumo o impulsar un proyecto en el que soñamos gracias al crowfunding o financiación colectiva.

La supervivencia de la mayoría de estas empresas se basa en lograr alcanzar un número de usuarios lo suficientemente grande -de varios millones, al menos- lo más rápido posible. Al fin y al cabo, una plataforma para poner en contacto compradores y vendedores de tablas de surf, por ejemplo, solo resulta viable cuando una parte importante de la comunidad surfista la usa. Es de entender, por tanto, que más de un 90% de las empresas colaborativas desaparezca.

Un cambio de mentalidad

Aunque el trueque de bienes y servicios no es nada nuevo, sí lo es su difusión a través de Internet. La red y la crisis económica han hecho que las plataformas digitales que ofrecen intercambios comerciales de consumidor a consumidor se expandan a toda velocidad. Esta alternativa al modelo económico tradicional, basado en la compra y venta de productos, se conoce con el nombre de economía colaborativa y se fundamenta en la idea de que "compartir es mejor que poseer".

Según explica Jeremy Rifkin en su libro La era del acceso. La revolución de la nueva economía, el sentido de la propiedad ha sido algo inherente a la humanidad casi desde sus inicios, pero esto ha empezado a cambiar. "Hemos pasado de un mundo en el que sobra de todo a otro en el que la mayoría no puede disfrutar de lo que los nuevos tiempos ofrecen sino es compartiéndolo", dice el experto.

El paso de una economía de la propiedad a una de acceso implica que cada vez más parte de la sociedad comparta con otros sus bienes -su coche, su casa e incluso la energía eléctrica- cuando no los está usando, o busque productos de segunda mano en buen estado antes de acercarse a una tienda.

La idea de vivir mejor con menos también define la economía colaborativa. Con un golpe de teclado nos permite dar satisfacción inmediata a nuestras necesidades, no tanto con la adquisición de un producto sino con el intercambio de experiencias. Compartir, prestar, alquilar, son verbos que cobran una fuerza nunca vista en nuestra sociedad.

Pero el éxito de la economía colaborativa revela una sociedad que quiere cambiar la manera en la que vive. Como hemos visto, este cambio de modelo tiene mucho que ver con la tecnología pero también con un cambio de mentalidad de las personas, que son capaces de consumir de otra manera. Para Rifkin, en la economía colaborativa el consumidor se transforma en prosumidor (una persona que consume y produce al mismo tiempo) y los mercados se convierten a su vez en redes de consumidores.

Protestas en el modelo tradicional

Según indican los expertos, esta otra economía no solo es posible sino que ha llegado para quedarse. La economía colaborativa ofrece la oportunidad de disponer de una mayor información sobre los productos que consumimos, reducir el coste de las transacciones (hacer más con menos) y producir menos efectos medioambientales, al promover una economía basada más en el uso que en la propiedad.

Pero también tiene un lado oscuro. Así lo han revelado algunas aplicaciones como Uber. Y es que no es lo mismo un banco de tiempo que una plataforma que permite ofrecer un coche particular como medio de transporte alternativo al taxi tradicional. En el sector del transporte, por ejemplo, las licencias para taxis y de las líneas de transporte público tienen un coste para los operadores del que las plataformas colaborativas no asumen. Esto ha despertado el malestar del conductores profesionales, que reclaman una mayor regulación para estas empresas.

Lo mismo sucede en otros sectores donde la economía colaborativa se expande con rapidez, como ocurre con el financiero (donde cobran fuerza los préstamos entre particulares) y el turismo.

 

 

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