Carta inesperada

 

Sofía Navalpotro, La Salle Montemolín

Hace varios meses recibí una carta de mi amigo Joan. En ella me contaba que había empezado a salir con una chica, según él, una mujer maravillosa. Me la describía minuciosamente, desde su negro y rizado cabello, normalmente recogido en unas trenzas que le caían por la espalda, hasta los rasgos árabes que tanto le fascinaban, su bonita dentadura, o su dulce voz.

Lo vi muy enamorado. Demasiado. Joan estaba perdiendo la cabeza por esa mujer y yo no creía que fuese la adecuada para él, no me parecía de fiar. Pero como Joan estaba enamoradísimo de Samantha (así se llamaba la susodicha), yo no quería estropearle su ilusión.

La carta seguía con una especie de pequeño diario en el que narraba los días que estuvieron juntos; cuando él le pidió salir, etc. La verdad es que parecían muy felices. Tal y como la describía, Samantha parecía la mujer perfecta, esa que dicen los poetas: "Os diría que sus trenzas rizadas sobre la espalda son tan negras que iluminan la noche. Que cuando anda, no parece que se apoya, flota, navega, resbala..." Al final de todo este escrito, después de decirme que esa chica había dado luz a su vida y otras frases como esta, ponía que pensaba pedirle matrimonio en poco tiempo.

 

 

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