¡Socorro!

 

Guillermo Vigil, IES Ítaca

Desde aquí, solo bruma. La sal de los escombros de la Cartago soñada todavía quema mis labios, infantiles, grotescos. Alzo la vista, quiero llorar pero solo grazno, solo me permiten graznar. Quiero que esto acabe, busco Babilonia, pero sobre mí se cierne el cielo de hojalata, tejido con esparto y acero de generaciones tan remotas como olvidadas. Generaciones de extraños que azotaron mi cuerpo sin fustas ni tabas ni metales, solo con impulsos naturales. De nada sirvo. Bajo mi caparazón herido, la desidia de los mortales me condena al destino del Sísifo. Fui madre de las historias más bellas, os di alas y libertad, os ofrecí los más ricos tesoros.

Me queréis matar. Ponéis todo vuestro empeño en ello. No vale la pena llorar. Aún hay esperanza, el azufre no puede conmigo, vuestra sed de mierda es insuficiente. Voy a luchar. Voy a navegar triunfante entre Escila y Caribdis, el aliento de las hienas en mi espalda me da la fuerza, me impulsa. Crezco. Crezco y me multiplico. En cada verso, con la sangre de dolientes plumas se adora mi nombre y asciendo como una diosa gracias a aquellos a los que despreciáis y coronáis con espinas y balidos. Entre ellos también habéis infiltrado enemigos, que buscan en la batalla lo que no encuentran en el debate, jinetes sobre genitivos apuestos, Saulos babeantes que en el huracán bucean, y con sus garfios teñidos de rencor, pena y miedo, ladran y muerden los jirones de mis ropas, tan vetustas y despojadas de valor, me desnudan y violan, pues no pueden ser mis protegidos, les desprecio. Mediocres. Vuelvo en mí. Blanca rapaz nocturna, atisbo nuevos horizontes. Me alejé de los olivares y los ríos y cada vez más cerca de la estepa, cuatro catetos y otras tantas gammas se divierten con mi cadáver, seguidos de millones. Llamarlos marionetas es fácil. Es mucho más complicado tomar las armas. Hacedlo por mí pues agonizo. La mentira me cubre de regia púrpura, los redobles de siete mil millones de amapolas golpean mi hígado macerado en absenta y polvo.

Buscad corderos, su piel es lo más valioso. Buscad faisanes y no probéis bocado, no quiero su carne para vosotros, sois mis últimos acólitos. A orillas del Nilo, y en los bosques más profundos encontraréis mi vestido. Mi sangre es negra, cubridlo con ella. Sed hábiles, no podemos fallar ahora. Os necesito, pero vosotros sin mí no sois nada, ni barro ni animales, nada. Vuestro corazón siempre será esclavo, vuestro cuerpo no os pertenece, el Gris es débil. Pero no os rindáis. Contáis con ayuda. Nuestra resistencia avergüenza a los gallos, su gran obra ha sido devorada por una familia amarilla. El escarabajo, el emperador barbado, el profeta, el pez. Os aguardan, id tras ellos pues son mis amigos. Lo sé, no son perfectos pero os darán su ayuda. El paño dálmata esconde un corazón podrido, las sonrisas simiescas de quienes os vigilan velan el sueño de mentes débiles, movidas por hilos tallados en diamante y miseria. Sus titiriteros encuentran en vosotros su producto más valioso. Os fabrican y disfrazan sus factorías con nervios y sueño y números, que son tan enemigos de mi estirpe como Kniebolo, como el Goliat resucitado. Matad a la loba binaria, os lo ruego. Si los corchos quemados no pudieron salvarme, nadie puede hacerlo. Dejad de malgastar vuestra ironía, no pretendáis el Valhala, pues expiró entre llantos y cicuta, o en una hoguera o tal vez simplemente en un periódico. La felicidad me pide que os deje partir en sus brazos. Me ha pedido que os tape los ojos con monedas. Y vosotros aceptáis. No puedo sino reírme, queréis a vuestro Mefistófeles, lo entiendo.

Entre algodón y triclinios, así os veo, con los ojos del manco, subordinados a vuestras vesículas, a los desechos de vuestros antepasados y a recuerdos demasiado vivos. Y mientras yo, perdida entre un mar de siglas, acosada por manzanas, ventanas y tiza, busco un placer pasajero entre mugrientos sillones, estantes silenciosos aun vírgenes y crines de caballo que azotan, pusilánimes, tropicales tableros de sables y airbags. En este melodrama, me veo despojada de zancos, me siento y espero y gritó, pero entre los callejones húmedos perdí mi velo y yo que quise acompañar a Marón, me hallo sola y sola me hallaron mis peores pesadillas. Vosotros.

Agitadme. Golpeadme. Empujadme. Usadme. Es mi único ruego. El bien, el mal, nada importan. No puedo cerrar los ojos. Quiero morir, abandonar esto. No hay lugar a la sedición cuando fui forjada por cuñas, por cumbres, bajo murallas, sobre mares, entre fango. Soy vosotros y a la vez ninguno, y todos y nadie y yo. Todos sabéis encontrarme, pero ninguno puede sujetarme, ni conocerme, pues ni yo mismo sé si soy el mar o desemboco o ambas cosas a la vez en esta farsa normanda. No me reconocéis, solo podéis darme nombre ridículos, que nada tienen que ver conmigo, pues soy la suma de todos los antónimos que alguna vez hayan sido imaginados. No puedo creer que deba llamaros padres, que todavía deba vivir bajo vuestro techo; este es de oro, me repugna.

Os traigo libertad pero son mis cadenas las que os hacen amarme, os regalo amigos a buen precio, pero os convierto en mis enemigos por envidia a vuestro don destructor, que no debí haberos entregado nunca. Os ruego aceptéis un último desafío, pues estáis listos para ello. Pronunciad mi nombre, hacedlo con sinceridad, con amor, pues la desidia es lo único que puede herirme. Soy la manta que cubre la Humanidad, causa y solución de sus vigilias. Y no soy producto de ninguna fermentación.

 

 

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