Dibujando un retrato al detalle

 

Francisco Mangado, La Salle Montemolín

Su pelo eran mil pétalos de rosa que brillaba como si el mismo sol fuese un simple espejo que se reflejaba en él.

Sus ojos eran como dos lagos surgidos de las lágrimas de una diosa que ha llorado sobre ellos lentamente gota a gota. De un azul tan intenso que perdías las ganas de mirar al cielo después de verlos porque nada puede igualar semejante color y belleza con una sola mirada.

Sus labios eran un fino paño de seda rosada cubría la parte inferior de su rostro y cuando dejaba mostrar la bella curva de su sonrisa se podía ver el cielo estrellado dentro de su boca.

Su piel parecía porcelana blanca bañada en los copos de nieve del frío y a su vez cálido invierno en el que la conocí. A pesar de esto el simple roce de su piel bastaba para que todo lo que volvieses a tocar en tu vida pareciese áspero al recordar la finura y delicadeza de ella.

Esa persona tan bella y bondadosa que por mucho que me dañe el alma no puedo parar de culpar a la muerte de que su alma le fuese arrebatada a una hora demasiado temprana.

 

 

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