El teatro imaginario del alma despierta

 

María Carrasco, IES Ítaca

Como cada mañana, Alma apagaba el despertador. Con los ojos inyectados en sangre del abatimiento que le causaba la rutina, se disponía a realizar todas y cada una de las tareas previas a comenzar un nuevo día en el instituto. El brillo de sus ojos se desvanecía como la arena entre los dedos, ya cansados de continuar con la trágica e inevitable rutina que la sociedad con sus prejuicios y ambiciones había establecido. Cada vez, Alma estaba más segura de que lo que se escondía bajo su piel era tan sólo un mecanismo creado por la humanidad para destruir en cenizas cualquier ápice de ilusión y esperanza. Caminaba hacia el instituto pensando en que una mañana más le tocaría escuchar los dogmas de la gente de su alrededor y asumir que debía aprender a convivir con ellos si realmente quería ser alguien en la vida.

A cada paso los pensamiento le destruían, le golpeaban el pecho y le arrodillaban ante la gran máquina apisonadora de sueños que algunos se atrevían a llamar civilización. Alma se obligaba a sí misma a desplazar sus cavilaciones y dejarlas en la esquina de la pared más alejada de su cerebro. Debía ser la chica alegre que todos conocían, sonreír y contar chistes, atender en clase y procurar sacar las mejores notas que podía para no defraudar a su familia. Porque así es como tenía que ser ¿no?.

Alma meditaba acerca de su lugar en el mundo; se preguntaba si era imprescindible o quizás sólo era un bufón más en el teatrillo que el señor Universo contemplaba divertido. ¿Su presencia tenía algún tipo de efecto sobre las personas que, supuestamente, formaban parte de su vida? Por supuesto, el señor Universo tenía ganas de demostrarle que con él no se juega y que este deseo, sí se lo iba a conceder.

Llegada la noche, Alma se tumbó en la cama y dejó que el peso de sus párpados, agotados por el aburrido día a día, le llevase de cabeza al desconocido infierno de la indiferencia: Un largo pitido despierta a Alma de su más que ansiado descanso. Cuando abre los ojos un destello de luz se los quema como bolas de fuego sobre papel. Poco a poco estos se van acostumbrando a la abrumadora sensación de esa habitación, blanca y limpia, como de ¿hospital?. Alma está aturdida ante lo que ven sus ojos, lo último que recuerda era la sensación de las sábanas de franela que se pegaban a su cuerpo antes de inundarse en la magnífica sensación del descanso. Lo último que podía imaginar era despertar en esa habitación, fría y sola. ¿Dónde estaban sus padres? Si algo le pasase estaba segura de que ellos estarían con ella.

La joven decide levantarse, necesita respuestas. Camina por el hospital pero nadie parece percatarse, nadie la ve ni la oye. Tiene que volver a casa, necesita ver a su familia. Cuando llega a su casa, le sorprende ver que sus padres tienen un hijo; pero ella era hija única. Tampoco están las fotos de su comunión, todas han sido sustituidas por las del joven que ha ocupado su lugar. Sin embargo le cuesta mirar a su madre, la encuentra cansada y puede que triste. No parece que su nuevo hijo le haga el caso que merece. Su padre está ausente, lo nota en sus ojos.

Decide huir y dirigirse al instituto. Al salir a la calle está lloviendo y las gotas sobre su cara se confunden con lágrimas de desesperación.

Corre al instituto, necesita encontrar a sus amigos. Cuando llega, ahí están, pero no juntos. Cada uno va con un grupo de gente, esto es tan raro y doloroso. Ha de ser un sueño, tiene que serlo, su interior se desgarra buscando la salida del infierno de la indiferencia.

Alma despierta jadeando. El sudor cae por su frente, el corazón le palpita con fuerza, lo siente resquebrajarse. Se levanta corriendo a la habitación de sus padres, ellos están durmiendo pero le basta para comprobar que ha sido una pesadilla.

Camina hacia un nuevo día y ve a sus amigos, juntos, como siempre.

Es en este momento cuando comprende que las cosas insignificantes, más allá del abatimiento de la rutina, son las que hacen de la vida un juego sin igual. Tan sólo tenía que aprender a dejar de esquivar los problemas y simplemente destruirlos.

Aún no sabía cómo hacerlo pero estaba dispuesta a averiguarlo en compañía de las personas que más le querían. No se trataba de llegar a ser alguien, ella ya era Alma. Por primera vez en mucho tiempo se sintió liberada y dejó de ser un figurante en el teatrillo del Universo para ser protagonista en el espectáculo de su propia vida.

 

 

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