Caída azteca

 

Darío Marín Buil (3ºC IES Gaspar Lax)

Sangre. Fuego. Muerte. Sacrificio. Son las únicas creencias que el joven Atl sigue y las que le han impartido. Joven y atlético, no teme a la muerte, es un guerrero, un cazador por naturaleza.

Su padre, perteneciente a un calpulli de guerreros, le enseñó todo lo que sabe. Fue educado en el arte de la guerra para honrar a sus antepasados y al dios guerrero Huitzilipochtii. Fue despojado de todo sentimiento: amor, piedad, compasión... Sólo conservó el odio...

Una mañana, en la ciudad de Tenochtitlán, el sol despertaba. Días antes, el sumo sacerdote presagió que una gran amenaza se cernía sobre la ciudad, un depredador.

Las grandes edificaciones brillan orgullosas al amanecer, impasibles y frías, ante lo que se avecina. Un mensajero corre a la plaza, terribles noticias llegan del mar, una flota de navíos españoles se aproxima y no parece ser amigable. La situación diplomática pendía de un fino hilo con el imperio español.

Por tierra, un ejército se aproxima. El rey Cuahutémoc había preparado la ciudad para un posible asedio; derribó los puentes, almacenó víveres, pero todo parecía inútil ante el ataque. Tenochtitlán era un punto estratégico, y lo sabían, si caía, y con ella el emperador, no habría salvación.

Tras la muerte de Moctezuma, Cuahutémoc había demostrado ser sabio a pesar de su edad. Pero no hace falta ser un sabio para saber lo que se aproxima. Los guerreros, y entre ellos Atl, se preparan para la guerra inminente. Plumas, pintura, lanzas, flechas... Cualquier cosa, aunque insuficiente contra la pólvora y los mosquetes.

Una lluvia de flechas se cierne sobre los españoles, pero sus corazas les protegen de las débiles flechas. Los guerreros se lanzan a honrar a Huitzilipochtii con la muerte. En una descarga de los mosquetes, los españoles acaban con la mayor parte de los guerreros, pero los supervivientes siguen, sedientos de venganza. Una descarga de su mazo puede matar en seco a su enemigo, notar sus huesos hundirse, su sangre fluir... Y les gusta.

Los españoles caen como insectos sin sus mosquetes cargados, sin embargo, ésta sólo era una pequeña parte de su poder. Tras la montaña, un brillo de cascos y corazas resplandece bajo el sol. Tras sus disparos, ningún guerrero se sostiene en pie.

Atl nota cómo su vida se escapaba por el orificio de la herida... Sin poder hacer nada. No le importa, sabe donde irá, ha muerto por defender su ciudad, pero ha fracasado; sin embargo, muere haciendo lo que más le gusta, matando.

Tras setenta y cinco días de asedio español, Tenochtitlán cayó... Y con ella, la civilización azteca.

 

 

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