Robarle el tiempo al tiempo

 

Daniel Crestelo, 4º ESO IES Ítaca

La primavera ha llegado de nuevo, como todos los años, y este en concreto, es muy especial para mí, ya que cuarenta años atrás, Mara y yo nos casamos a mediados de esta hermosa estación. No miento al afirmar que me enamoré de ella en cuanto me sonrió, pero yo nunca creí poder estar con ella. Para empezar, era cuatro años menor que yo, pues ella rozaba los diecisiete mientras yo ya tenía veintiuno. Suponía una completa locura, enamorarse de una joven. Además, mis padres trabajaban para los suyos, los cuáles no veían bien que su hija pasase tiempo conmigo. Sin embargo, cuando conseguí casarme con ella cinco años más tarde, aprendí que a veces lo más improbable es lo que llega a suceder, y que nunca hay que dar nada por perdido. Ambos crecimos con la prosa de Coelho, con la música de Donna Summer, y pronto aumentamos la familia. Todo era perfecto. Sin embargo, nuestros hijos crecieron antes de lo previsto, y pronto se marcharon. Después llegó lo de Mara, y mi vida dio un giro de ciento ochenta grados.

Ahora la veo sentada en el sillón del salón. Lleva su cabello pelirrojo suelto, como a mí me gusta, pero supongo que ella ya no lo sabe. Su mirada está enfocada al otro lado de la ventana, donde los primeros árboles se han poblado de hojas y donde las flores, conviven de nuevo con la hierba. Sin embargo, ella no sonríe, ya no, y me entristece el mero hecho de pensarlo. A veces me pregunto, cómo podría haber sido robarle el tiempo al tiempo, y así poder haberle regalado a mi mujer todo lo que ella se merecía.

Busco sus manos, aguantándome las lágrimas como de costumbre, y las agarro con fuerza. Ella me mira, con una mirada oscura y fría, que sólo incrementa mis ganas de llorar pero no puedo, no puedo hacerlo ya que yo le convencí a ella de que todo iría bien después de su diagnóstico, cuando yo era el primero que tenía que convencerse. Todo me resulta irónico, ahora.

Siento que el miedo atraviesa mi alma, pero no es miedo, sino cobardía ante sentirme impotente en esta situación. No puedo dejar de luchar por Mara y por mí, porque eso sería perder la batalla que tanto nos ha costado afrontar a ambos. Los pensamientos logran nublarme y rompo a llorar. Mara no entiende por qué lo hago, y yo simplemente, agarro sus manos con más fuerza. Llorar me hace humano, llorar hace que podamos dejar atrás lo que más nos atormenta, y sobre todo, demuestra valentía. Ojalá volver a lo de antes, a sus gritos, a sus dedicatorias, a sus besos, a todo porque por mucho que lo intento, me cuesta encontrar la felicidad en un mundo apoderado por la amargura. Si alguien me preguntase que es lo que desearía ahora más que nada, es que ella despierte de su olvido, que agarre con fuerza mis manos, para conseguir calmarme, y que me bese, para sentir su amor. Consigo volver a la realidad, y me levanto del sitio. Voy hacia la estantería del salón, y cojo uno de mis libros favoritos: Once minutos. Tras ello, me acerco a Mara y abro el ejemplar por la página en la que me quedé ayer. Si algo me mantiene vivo y con fuerzas es leerle en voz alta cada día, pues la lectura siempre había sido nuestra escapatoria a la realidad.

Comienzo a leer: --"Nadie pierde a nadie, porque nadie posee a nadie -pauso y continuo- esa es la verdadera experiencia de la libertad: tener lo más importante del mundo, sin poseerlo".

Tras leer el breve fragmento, la observo de nuevo. Sigue mirando al exterior y aunque parezca que me escuche, dudo que entienda lo que leo.

Antes de que las lágrimas vuelvan a apoderarse de mí, retomo el libro del grandioso Coelho, y busco descentrarme del tormento. Pienso seguir buscando una salida a la desgracia, porque no pienso dejar que el Alzheimer que sufre mi mujer, invada nuestras vidas. Desgraciada enfermedad que puede quedarse con su memoria si quiere, pues yo me quedaré con nuestra historia.

 

 

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