Felicidad

 

Vera Pérez, Colegio Escuelas Pías

Y ahí fue cuando alcancé la máxima felicidad, un momento, un instante que marcó mi vida. Pasé a otro lado, crucé una puerta. Cambió el sentido de todas las cosas, era ese momento en el que comenzaba a vivir la vida. Alcé la cabeza. Me sentía bien. No, bien no; me sentía genial.

Lo tenía todo controlado. Me despedí de la nostalgia que no me dejaba centrar mi mente. Le di una patada a aquellos obstáculos dueños de mi insomnio. Quité de mi camino todas esas piedras que me hacían tropezar una y otra vez y pensando que no tenía a nadie que pudiera ayudarme a levantarme rectifiqué, sí, abrí los ojos y vi a todas aquellas personas que me rodeaban. Estaban todas ahí, las que te ponen la piedra, las que te prestan su mano y también las que lo hacen sin esperar nada a cambio.

Y lo más importante; yo estaba ahí. Disfruté, disfruté mucho. Pero nada es eterno. Nada. Y volví a tropezar, caí, creía haber dañado ese momento, uno de los instantes más bonitos que sentí. Me encontré a mí misma, estaba tan segura de lo que era y quería ser, que no me di cuenta de que la detestable piedra estaba ahí.

Y ahora sé que la felicidad depende de mí: de ponerme mis propias metas, pero también mis límites. Saber cuándo lo puedo dar todo y cuándo no puedo más. De que había dos realidades completamente distintas, sólo cambiando la forma de ver las cosas. Maduré, crecí, sentí y aprendí.

 

 

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