El último susurro salvador

 

Carmen Bowen, 1º Bachillerato IES Félix de Azara

Cerré la puerta. Miré dentro de mi cuarto y entonces me di cuenta de que todo iba a cambiar. Mi intimidad había sido violada por alguien que no respetaba lo ajeno; la cama, que tan delicadamente solía hacer, se había convertido en un rebullo de sábanas y camisas que en algún momento yacieron en el armario recién planchadas, con aquel olor a lavanda que llenaba de vida las prendas; la mesa tallada que me había regalado mi madre estaba volcada sobre el suelo; el jarrón que me regaló mi madre, hecho añicos a su alrededor; la nevera estaba abierta, expandiendo un olor amargo en la habitación

Seguía buscando algo que no hubiera sido tocado, roto o destrozado, cuando mis ojos se toparon con la puerta del baño; aquella puerta que siempre había estado abierta ahora estaba cerrada, transmitiendo un mensaje de miedo, terror. Decidí abrirla, pero aquello fue un gran error: detrás de ella estaban Juan y cuatro de sus amigos "musculitos", apretujados como sardinas en lata. Y así, tan de repente, se echaron encima de mí, intentando atraparme

-¡Dejadme, soy inocente, yo no le hice nada!- gritaba mientras intentaba escapar de sus manos prisioneras

Mis jadeos y escurridizas extremidades no me bastaron para escapar de aquellas bestias que se hacían llamar "hombres"

-¡Ya te tenemos!- decía uno de los musculitos con una frívola sonrisa mientras me ataba las manos a la espalda

-Sabemos que has sido tú, ¡ríndete y confiesa!- dijo otro de los musculitos

-Nunca conseguiréis que confiese, ¡antes me muero!- dije entre lágrimas, recordando todos los buenos momentos que habíamos vivido juntos

Esta vez fue Juan el que habló en un tono irónico: -Hazlo, así acabarás antes con nuestro trabajo y así podremos irnos a tomarnos algo por ahí en honor a Johnny, ¿verdad, chicos?- dijo con una depravada sonrisa

Al unísono gritaron todos afirmativamente, haciendo el gesto de canturrear con una jarra en la mano

Mientras ellos celebraban e imaginaban una noche sin fin, conseguí escurrirme de las cuerdas y salir corriendo, pero no fui lo suficientemente rápido. De repente sentí un dolor en el pecho, como si alguien me hubiera metido una gran aguja. Miro y llevo una gran cantidad de sangre, la mayoría ya impregnada en mi prenda. Sentí cómo una frialdad invadía mi cuerpo, miré entonces a mi alrededor hasta perder conciencia de todo aquello que me rodeaba..

Aquel día sentía que algo extraño iba a ocurrir, algún acontecimiento acechaba su destino como un león buscando a su presa, esperando sigilosamente hasta el momento adecuado. Hoy hacía diez años que había llegado a Longtown, diez años desde que mi madre se entregó en cuerpo y alma a aquellos que querían formarme entre armas y muertes. Cinco años había malgastado en buscar venganza para mi madre, mis hermanos, mi familia, mi primer amor, aquella vida que me había sido arrebatada por unos necios con pistolas entre sus manos... Estuve al borde de la locura, a punto de convertirme en un asesino por algo que nunca se me podría devolver, hasta que la conocí a ella; aquella chica que me enseñó a ver la vida de otro forma, a conocer de nuevo la felicidad mediante sus ojos, sus risas, sus caricias. Poco a poco me fui enamorando de ella, sintiendo una dulce armonía por mi interior cada vez que la veía. Sentía miedo de que pudiera perderla, de que alguien me la arrebatara y yo no pudiera hacer nada nada para evitarlo

Pero de eso ya hacía unos años, al comenzar la universidad. Ahora estábamos en el último curso y teníamos planes de casarnos, convivir uno con el otro en una sociedad mediocre que no aceptaba nuestra pasión..

Cierro mi cuaderno. Aquel cuaderno viejo y rasgado, con sus páginas teñidas de un color amarillento a causa del paso del tiempo y sin quedarle apenas cubierta. Ese cuaderno me había acompañado toda la vida, era el primer cuaderno que tuve entre mis manos, y el último que tendría antes de desfallecer en el tiempo

Miro la hora. Ya eran las siete de la mañana y aún me faltaba ordenarme la habitación. Me pongo a recoger la ropa sucia del suelo: calcetines, camisas, pantalones, calzoncillos e incluso alguna sudadera olvidada en el suelo de anteriores días; lo tiro todo en la cesta de ropa del baño y rápidamente hago la cama, dejando las sábanas mas internas llenas de arrugas y polvo. Me arreglo la corbata y vuelvo a mirar la hora: las ocho y cuarto. Salgo corriendo del cuarto, cogiendo la mochila y cerrando de un portazo. Corro a través del campus, por los jardines y por la plaza central, hasta que llego a la zona de las clases donde aún hay personas en el pasillo esperando a que llegue su profesor

Entro a clase, donde el profesor Mr.Night ya ha empezado a impartir sus clases sobre la literatura de Shakespeare. Decido entrar sigilosamente, intentando hacer el menos ruido posible para no llamar su atención. Me siento en una de las últimas, entre aquellos que están por obligación o dormidos después de una larga noche de fiesta

-¡Buenos días, señor Miller!- gritó de repente Mr.Night- ¿Quiere decirnos por qué ha llegado tarde?- dijo dejando caer sus gafas hasta la punta de su nariz para analizar lo próximo que iba a decir

-¡Estaba... estaba leyendo la obra de Macbeth Mr.Night!- dije poniéndose de pie

-¡Y dinos señor Miller, ¿De qué trata la obra de nuestro querido autor anglosajón William Shakespeare?!- preguntó aumentando el tono de voz conforme se iba acercando al final de la oración, preparándose para humillarme

De repente cayó una bola de papel a mis pies con la respuesta, algún ángel de la guarda me había salvado. Me pongo a leer lo que pone en la chuleta de la manera más discreta posible: -¡Trata de la ambición y reflexiona sobre la predestinación y el libre albedrío Mr.Night!- le contesté con una grandiosa sonrisa

-Muy bien señor Miller, muy bien dicho- contestó con una cara de decepción.- ¡Puede sentarse, señor! Mientras Mr.Night seguía hablando sobre Macbeth, me dediqué a buscar al cómplice que me había salvado. Y ahí estaba Sofía, la chica que me había sacado de la obsesión, de la frialdad del mundo

Termina la clase y la espero a la salida, antes de salir corriendo a la siguiente clase. La beso y comienzo a caminar en camino contrario a ella

-¡Acuérdate de venir luego, Sofía, te tengo una sorpresa preparada!- le voceo entre cabezas, observando su reacción y sonriendo.

 

 

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