La vida eterna

 

Mario Izquierdo Castro, IES Azucarera de Zaragoza

Podríamos decir que uno de los grandes logros de la humanidad ha sido la escritura, puesto que la historia comienza con la aparición de ésta y es de los pocos rasgos que nos diferencian del resto de los seres vivos. Ha sido esta capacidad la que nos diferencia y cumple la necesidad que viene determinada en nosotros desde el nacimiento, el medio por el cual podemos cumplir el afán de perdurar más allá de la propia existencia, de sentirnos superiores por el poder que se nos ofrece y por sentir que lo que tenemos que decir es digno de mención.

Normalmente, en la vida cotidiana solemos confiar en alguien a quien llamaremos amigo o familiar. Pero esta relación se producirá si compartimos o tenemos algo que decir. Esto se debe a que a nadie le interesa realmente la persona física si no es un medio para poder dar o recibir cierto tipo de información que pueda interesarnos. Esta relación personal puede darse de forma oral ante un concreto número de individuos, sin embargo, cuando escribimos, el número de receptores se amplía considerablemente. Ni siquiera tendremos conciencia de las personas que lo leerán en los años y siglos venideros.

Es por esta razón que si consideramos que nuestra existencia se basa en compartir ideas; por medio de la escritura somos capaces de ser inmortales y repartir nuestros conocimientos, ideas o sentimientos, no solo a quien nosotros queramos sino a quien los busque y los necesite.

Por sus características y las funciones que tiene, podemos afirmar que la escritura cumple la función de transmisora de nuestra percepción del mundo y la realidad, y es la única forma capaz de aliviar la certeza de la muerte con la esperanza de que nuestras palabras hablen por nosotros cuando ya no estemos.

 

 

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