Saber amar

 

Diana, IES Pablo Serrano

Pocos saben qué es dejar atrás a los seres más queridos. Por razones que no vienen al caso, me crié con mis abuelos. Fueron los únicos seres a quienes amaba. Cuando me desvelaba, me consolaban, si estaba enferma, me cuidaban, y de la mano a la escuela, día tras día. Fueron guía de mis primeros pasos y de los albores de mi juventud.

A los trece años, los tuve que abandonar, me traían a España. Perdía lo que más quería y por lo que estoy dispuesta a hacer cualquier cosa, de la misma manera que ellos lo hicieron por mí.

Una vez en Zaragoza, perdí el interés por todo, por la vida. No tenía ganas de salir de casa, no conciliaba el sueño, lloraba y lloraba como una fuente a borbotones. La tristeza me nublaba el alma.

Nunca pensé que dejarles iba a ser tan duro. Dicen que es ley de vida: nacer, crecer y morir; pero yo no la obedecía, no quería crecer, sólo deseaba morir.

El tiempo pasaba y ese sentimiento de ausencia crecía dentro de mí como una montaña que me abatía. La ausencia de amor es como una daga que te despedaza el espíritu y la existencia. Fue peor que una enfermedad.

El paso del tiempo hizo que fuera asumiendo su ausencia, no volverlos a ver en un largo tiempo. De todas maneras, acompañan mis sueños y desvelos. Los sigo viendo, porque están dentro de mí y forman parte de mi ser. Confío que un día los volveré a ver.

Deseo de todo corazón que en el universo no haya nadie que sufra este martirio y que pueda compartir su camino con los seres que ama y necesita. Sólo espero que aquellos que no han tenido ni tienen ausencia de amor aprendan a valorar ese tesoro.

 

 

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