La magia del azar

 

Lorena Denim, 1º Bachillerato IES Félix de Azara

Todo empezó un día en el que jamás hubiera imaginado que una sola decisión desencadenaría tantas consecuencias juntas en mi vida. Recuerdo perfectamente que el primer paso para que sucediera todo se dio un viernes justo después de comer, cuando cogí el móvil para mirar nuevos mensajes de WhatsApp. Entre ellos distinguí uno de un número desconocido. El contenido del mensaje parecía un saludo, fueron únicamente dos letras y un emoticono: "Bu". Al pulsar en el contacto para obtener más información, vi que pertenecía a un grupo, al cual me había agredido uno de mis amigos hace unos días, y del cual pensaba salir cuanto antes, puesto que no conocía a nadie, excepto al chico que me había incorporado. El propósito del grupo no era otro que conocer a gente nueva, que eran amigos de otros amigos. En cuanto leí el mensaje tuve dos opciones principales: la primera, bloquearle, y la segunda, descubrir quién era y por qué me había hablado. Opté por la segunda opción y una de las primeras incógnitas se despejó de manera casi inmediata al saber que era un chico de 18 años llamado Sergio.

Intenté saber más y más de ese desconocido individuo y lo que me resultó muy curioso fue notar que él mismo me exigía esfuerzo para desvelar aspectos de su vida. ¿A mí por qué me iba a importar la vida de un completo desconocido? -pensé-. Me ponía pruebas tales como cantarle una canción a través de audios o enviarle una foto en pijama. Supe desde un principio que lo hacía para avergonzarme y ponerme nerviosa. Yo accedí y poco a poco entré en su juego, en un bucle infinito que parecía no tener ninguna salida, como en un laberinto, uno en el que pensé en su momento que jamás debí haber entrado.

La curiosidad que sentí fue suficiente excusa para adentrarme en ese mundo desconocido. Sergio me dio mala espina al principio, ya que adivinaba cosas de mi vida por deducción. Me llegó a dar algo de miedo y pensé que todo eso estaba siendo una mera broma o que se trataba de una persona con algún trastorno psicológico. Por ello, pensé en dejarlo pasar. Antes de que me lo pudiera plantear, el tema se empezó a poner serio cuando fui superando algunas pruebas, así que conocí sus historias más de cerca y la intriga, de alguna extraña manera, me mantenía atada a él; su personalidad, después de todo, me atraía. Era la sensación de estar en una situación que llenaba mis sentidos de la esencia del peligro. Supongo que cuanto más llamativa sea la realidad, más ganas tenemos de vivirla y, así, aprovechar el presente tal como nos llega en su momento. Muy aburrido hubiera sido rechazar el hecho de conocerle.

Transcurrida una semana, me propuso, para conocernos mejor, quedar en persona, y pasar la tarde en unas calas naturales, algo alejadas de la ciudad. Por mi parte, me empezó a invadir la desconfianza y preferí coincidir con él en un centro comercial, al menos así vería la manera en la que se comportaba fuera del chat, estando en un lugar más público. 5:32, hora de llegada al centro. Quise observarle desde la entrada y, en efecto, ahí estaba. Me dio un vuelco el corazón al verle y pensar que iba a pasar las próximas tres horas de la tarde junto a él. Tres horas que prometían ser divertidas e inolvidables. Al ver cómo sonreía me dio más confianza, nos saludamos con un cálido abrazo y empezamos a dar vueltas por las tiendas. Esa misma tarde recuerdo que me contó su pasado de principio a fin, aunque no mencionaré dicho secreto porque así lo prometí, en mi mente se quedará el recuerdo de aquellas terribles historias. Los 18 años que habían transcurrido en su vida habían estado cargados de experiencias, tanto positivas como negativas, pero las segundas tenían más peso en el recuerdo. Anécdotas, sucesos que le hicieron mucho más fuerte mentalmente para atravesar mejor esta montaña rusa de emociones llamada vida. Al irme conociendo se dio cuenta de que me quería cuidar. Mi personalidad le recordaba a su antiguo "yo" y sentía ese impulso de protección hacia mí. Todo apuntaba a que nuestra relación iba a ser fraternal, le estaba cogiendo cariño y él a mí, también.

Llegó el momento de despedir esa agradable tarde, esta vez no sería la última que pasaría a su lado. Poco a poco fuimos adquiriendo mayor confianza mutuamente y decidimos volver a quedar juntos, esta vez en la cala, ya que era un lugar más tranquilo. Lo cierto es que llevábamos poco tiempo conociéndonos, pero me parecía que había pasado mucho más tiempo desde aquel primer misterioso mensaje. Tanto que, estando con él las tardes se me hacían muy cortas, había un ambiente magnífico entre nosotros.

Pero todo era demasiado bonito para ser real. Algunas veces me había dado por reflexionar: "Mucha casualidad encontrarme a un amigo así en un simple grupo de WhatsApp" -pensaba-. Llegó un momento clave en aquella tarde en la que me confesó su gran secreto, ese que nunca se había decidido a confesarme. Recuerdo aquel instante como uno de los peores que tendré en la vida; cuando lo supe me derrumbé completamente. Lágrimas brotaron de mis ojos desesperadamente, la tristeza se apoderó de mi persona hasta límites insospechables. Como todos sabéis, Sergio padecía una extraña enfermedad terminal que asumía con mucha entereza desde que se la diagnosticaron, no temía a la muerte.

No todas las personas son capaces de mantener esa filosofía de vida de manera tan madura. Sergio se dedicó en cuerpo y alma a vivir su vida y aprovecharla al máximo sin perder un segundo. Era de admirar la fortaleza con la que luchaba día a día con la muerte. Por ello quise vivir intensamente cada instante que pudiese estar con él. El hecho de que resultara una granada que algún día explotaría sin remedio y, lo que es peor, sin previo aviso, me hizo valorarle muchísimo más. Este periodo con fecha de caducidad se acabó y os juro por mi vida que fue un duro golpe que aún no he superado. Es realmente trágico pensar que una persona tan importante para ti ha desaparecido de la noche a la mañana dejando tanta cantidad de recuerdos fugaces en el alma.

Nunca supe quién lo añadió en el grupo, pero me alegro de que así fuera, la vida me brindó la oportunidad de conocerle, resultó ser un chico muy especial que se merecía lo mejor en la vida, se lo había merecido con creces, pero hay sucesos injustos que quedan guardados en la memoria de quien los vive. Conocerle me ha hecho cambiar mi perspectiva de ver y entender el mundo. Sentí una rabia incontrolable al pensar las tonterías estúpidas que ocupaban el primer plano en mi mente antes de vivir todo esto. No puedo ni podré describir con palabras las emociones tan sumamente fuertes que sentí. Para que os podáis llegar a hacer una idea, fue como un disparo que atravesó mi corazón dejando huella en aquel lugar donde poblaba mi cariño y afecto hacia él, algo indescriptible, algo que sin duda solo yo podré saberlo siempre. Absolutamente todo me recuerda a él, desde los lugares a los que fuimos juntos hasta el mínimo recuerdo que queda en mi consciencia.

Daría un mundo entero para permanecer a su lado, como los hermanos que fuimos y deberíamos haber sido siempre. Lo echo de menos. ¿Por qué debe ser el mundo injusto? Creo que jamás habrá respuesta para semejante pregunta. Lo que sé con clara certeza es que jamás lo olvidaré. Por eso estamos aquí reunidos en su funeral, esta dedicatoria que aquí os leo se queda corta para expresar todo lo que será y significará para mí haber compartido momentos de mi vida con él, que, desafortunadamente, fueron escasos, pero suficientes para darme cuenta de la persona tan increíble que tuve la suerte de conocer. Solo nosotros lo sabremos. Sergio Allá donde estés, te llevaré siempre conmigo. Gracias.

 

 

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