Un cuento para Elena

 

Raquel Salas Mendívil, La Salle Montemolín

Había una vez una niña de 15 años que vivía en el país de los cuentos. En él, habitaban los protagonistas de todos ellos. Todos y cada uno de ellos tenían rasgos característicos. Todos menos ella. La joven, con nombre Elena, se sentía muy triste y sola, ya que se reían de ella por eso. No podía tener amigos bajitos porque Blancanieves se enfadaba; tampoco podía comer judías, sino Pulgarcito le podría dejar de hablar; si calzaba zapatos de cristal, si hablaba con el Príncipe Azul... A veces incluso se reían de sus rasgos físicos. Que si debía cortarse su rubia melena porque parecía la de la Bella Durmiente, ponerse morena para que nadie fuera tan blanca como lo era Blancanieves...

Elena tenía un abrigo rojo con una capucha del mismo color. A pesar de que se lo regaló su madre con mucho cariño junto antes de morir, nunca se lo ponía. Esto se debe a las amenazas de la no tan dulce Caperucita. Cierto día decidió para ir a visitar la tumba de su madre con tan mala suerte que se encontró a Caperucita Roja. Ella ya no llevaba comida a su abuelita ni vestía el abrigo. No es tan dulce e inocente como aparentaba ser. Desde hace tiempo no se deja engañar por el lobo, ahora tiene Google Maps en su Iphone, lo que evita que se pierda, y lleva un vestido corto, aún con capucha roja, nunca dejará de llevarla, es su rasgo principal. Elena creía que se enfadaría con ella, le gritaría o algo peor, pero no hizo nada. Simplemente lo miró mal y siguió andando con su móvil en la mano. A la mañana siguiente fue al colegio como cualquier día normal pero no lo era del todo. Al abrir su taquilla para dejar los libros, Elena encontró su abrigo cortado en pedazos junto con una nota. Sin importar sus esfuerzos por evitarlo, lágrimas caían de sus ojos. Le temblaban las manos pero no consiguió abrir aquel sobre. En él ponía "Te lo advertí". Supo quién era en cuanto leyó aquella frase pero no hizo nada, no se atrevía y no tenía fuerzas. Se limitó a huir y no paró de correr hasta llegar al único lugar donde se sentía a salvo, junto a su madre.

Tras un rato sin parar de llorar, Elena escuchó a su madre que le decía que ella no necesitaba un rasgo característico, que era perfecta así. Desde ese momento dejó de importarle lo que decían los demás y creyó más en sí misma.

 

 

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