Una carta a mi soledad

 

Asun Iguarbe, 1º Bachillerato IES Félix de Azara

Fuiste una gran amiga que odié. Fuiste como un cuchillo clavado en mi pecho que, a la vez, curaba mis heridas.

Querida Soledad, a pesar de que nunca me libraré de ti, y a pesar de que mis manos aún tiemblan, hoy puedo explicarte qué eres para mí, sin temor a que las lágrimas afloren de nuevo.

Te odié profundamente a pesar de que eras la única que estaba conmigo, pero precisamente por eso te detestaba. Me dolía ser incapaz de mantener una conversación con alguien, ver cómo las que consideraba mis amigas me traicionaban y me hacían estar a tu lado.

Me escondía en los baños para que no me viesen contigo, en los trabajos en grupo era la que sobraba y mi corazón se encogía al escuchar el timbre del recreo, porque sabía que acabaría en tus brazos de nuevo.

Poco a poco me fui acostumbrando a tu presencia, y se me antojaba hermosa, llena de paz y tranquilidad, lejos de los problemas en clase, lejos de los gritos en casa, lejos de mi propia consciencia. Utilizaba vagas excusas para no salir a la calle y quedarme más tiempo en tus redes.

Pero más adelante me olvidé de ti, había conocido a gente maravillosa que me hacían perder la desconfianza en mí misma. Entonces te enfadaste, ¿un ataque de celos, quizás? Me hiciste recaer cuando me encontraba sin mis amigas en una nueva clase. Más de una vez intentaba hablar con los demás, pero las palabras no salían de mi boca. Para evadirme de tu asqueroso tacto, me ponía a dibujar, alejando al mundo de mí, como tú querías; excepto en las horas libres en que huía de ti, para volver al mundo real.

Eres como un arma de doble filo, a veces te quiero y otras te temo. Eres como ese cachorro adorable que espera a que lo abracen para que su madre te ataque por acercarte a él. Y lo peor es que mis sentimientos los tengo que guardar, porque no valdría de nada delatarte.

Todos te escondemos; a algunos no les importas, mientras que otros te tienen siempre en mente. Si pudiera, no me libraría de ti, ya que en el fondo te amo; pero tampoco querría que estuvieses siempre conmigo.
No me acapares.
Devuélveme mi valor.
No dejes suelto a mi miedo.
Ayúdame a hablar en público sin que las manos me tiemblen.
Y no inundes mi mente con estúpidos "¿Qué pensarán de mí los demás?".

Sé que te pido mucho, pero vamos a estar juntas incluso cuando mi corazón deje de latir.

Sé que, en realidad, estoy hablando conmigo misma, pero necesito pensar que eres otra persona, para ordenar así mis sentimientos.

Por favor, ayúdame a no llegar a un callejón sin salida nunca más.

 

 

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