Las tres monedas de oro

 

María Cuartero, La Salle Montemolín

Un día, un joven campesino iba caminando desde su casa hacia la ciudad a vender unos pollos, como así le había encargado su padre. De camino por una linde del bosque, el muchacho se encontró a un anciano caído al lado de un árbol. El anciano le pidió un poco de agua y que le ayudase a ponerse de pie. El muchacho así lo hizo y el anciano, como recompensa, le dio tres monedas de oro.

Según le explicó eran monedas mágicas pero dependía del uso que les diera: podría gastar las dos primeras y quedarse la última para así, y en ese caso, la moneda sería de buena suerte para él. Por el contrario, si también gastaba la tercera moneda, eso solo le traería mala suerte. Tras haber ayudado al anciano, el joven campesiono tomó la decisión de regresar hacia su casa, pues además de tener dos monedas de oro, conservaba los dos pollos, su padre estaría muy contento.

Una vez en casa, el muchacho le contó a su padre lo ocurrido y le entregó la tres monedas. Pero su padre, desoyendo el sabio consejo del anciano, marchó hacia la ciudad dispuesto a gastar las tres monedas. La primera la gastó en una taberna donde se dio una copiosa comida. La segunda la gastó en un lujoso abrigo de piel de oso que parecía hecho para un rico. La última la usó paara comprar un anillo enorme de oro y con una joya en su interior.

Al haber desoído el consejo del sabio anciano, el padre estaba condenado a tener mala suerte y así fue. Unos días después, el padre se puso enfermo y falleció. El joven campesino se veía ahora solo en el mundo y con todo el dinero gastado, así que decidió ir a la ciudad a devolver el abrigo y el anillo para así recuperar las monedas. Con la moneda del abrigo decidió comprar un saco de semillas para plantar y poder venderlas una vez germinadas pero con la tercera moneda decidió no comprar nada y ni siquiera guardarla: la enterró justo donde plantó las semillas.

Tras dos primaveras, el campesino era uno de los mayores productores de la zona. Al tiempo, ya era rico y se mudó a la ciudad donde vivió muchos años. Efectivamente, la tercera moneda le trajo suerte.

 

 

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