La puerta

 

Néstor Pallarés (3º ESO SES Bujaraloz)

--¡Pablo, despierta!, se te va a hacer tarde. Todavía tienes que desayunar y tenemos que pasar a buscar a Lucas--. Estábamos nerviosos. Mi amigo Lucas y yo teníamos todo planeado para que fuese una excursión inolvidable. Nos llevaron nuestros padres a coger el autobús a la Cafetería Avenida, enfrente de donde este paraba. Nos tomamos una Coca-Cola, pero no nos entraba. Solo estábamos pensando en el fin de semana de aventuras que íbamos a pasar en el castillo de Vita.

Por fin, llegó el autobús y el momento de despedirnos había llegado. Nos íbamos a un lugar aislado, perdido del mundo y sin cobertura. El viaje fue un poco asqueroso debido a que Lucas vomitó varias veces, pero con la conversación que teníamos sobre fantasmas, apariciones, etc., que habíamos visto la noche pasada en el programa de Íker Jiménez, lo hicimos más llevadero.

Llegamos al mediodía. Era un lugar precioso, el castillo estaba rodeado completamente por una muralla altísima. Traspasamos el muro por una puerta muy grande y fuimos hasta el castillo por una senda rodeada de un manto verde de hierba. Nos abrió la puerta un hombre un poco extraño, muy alto y bizco. Sólo hablamos con él para decirle buenas tardes, pero no nos contestó.

Subimos una ancha escalera iluminada, como todo el castillo, por unas antorchas incandescentes. Llegamos a nuestra habitación que estaba situada al final de un largo pasillo de alfombra roja y lleno de puertas. Cuando entramos, pusimos nuestro equipaje en un armario muy antiguo y las camas estaban cubiertas por unas sábanas muy blancas con unas siglas desconocidas. Después de una cena ligera, servida por el bizco, nos fuimos a dar una vuelta alrededor del castillo.

Cuando estábamos en la parte trasera de este, hubo un pequeño derrumbamiento de piedras dejando al descubierto una puerta pequeña. Nosotros asustados, nos fuimos a nuestra habitación y nos acostamos en nuestras camas. Intentamos dormir, pero no olvidábamos la puerta y no pudimos evitar bajar a investigar. Cogimos una linterna y fuimos hacia el lugar.
Íbamos por el sendero verde cuando:
--¿Pablo, has visto eso?--, me preguntó Lucas.
--No te cagues, Lucas, no pasa nada--, pero yo me equivocaba y tenía el mismo miedo que él porque los grillos y demás bichos no dejaban de hacer ruido.

El cielo estaba estrellado y una gran luna iluminaba el camino. Llegamos a la puerta y encendimos la linterna. La abrimos y chirriaba como una puerta muy vieja. Dentro había un montón de escaleras y poco a poco íbamos bajándolas. De pronto, se escuchó un estruendoso ruido al final de las escaleras y nos pareció escuchar unas voces fantasmales, pero nuestra curiosidad nos llevaba hacia abajo.

Las voces cada vez se escuchaban más cerca y parecían discutir. Cuando pisé un peldaño donde crujió la madera, las voces cesaron y preguntaron:
--¿Quién está ahí?--. Lucas me tiraba de la manga, pero yo quería saber qué pasaba. Empezamos a escuchar unas pisadas hacia nosotros. Entonces salimos corriendo a toda pastilla, pero la puerta estaba cerrada y no podíamos salir. Cada vez se escuchaban las pisadas más cerca y empezamos a ver unas sombras y a oír unos sonidos como de psicofonía.

Cuando estaban delante de nosotros, creímos que era el final de nuestra existencia. Lo dábamos todo por perdido. Esas voces se nos metían en el cerebro y paralizaban nuestros movimientos... De repente, esas voces, empezaron a decir mi nombre y me movían, pero Lucas no hacía nada para ayudarme...
--¡Pablo, despierta!, se te va a hacer tarde. Todavía tienes que desayunar y tenemos que pasar a buscar a Lucas--, decía mi madre. Abrí los ojos y estaba en mi habitación, con mi madre empujándome y diciendo mi nombre. Por suerte, todo había sido un sueño. Mi excursión todavía no había empezado. Bueno, todavía puedo encontrar esa puerta pequeña...

 

 

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