Suerte en la oscuridad

 

I. Mendoza, C. Domínguez y R. Vicente, 4º ESO IES Félix de Azara

Era una relación normal. Se querían, ella lo sentía. Estaba muy enamorada, o eso creía, así que siguió con él a pesar de la personalidad controladora que había comenzado a descubrir. Primero fueron pequeños detalles, cosas sin demasiada importancia. Se enteró de que no le gustaban sus camisetas escotadas o de que se negaba a ir a su casa porque odiaba a su perro. A pesar de todo, seguían pasando tardes perfectas, paseando y riendo cogidos de la mano.

Pero pronto todo empeoró: siempre quería saber dónde y con quién estaba. Si salía con sus amigos se enfadaba, y si no le contestaba a sus mensajes la llamaba de inmediato. A ella le empezó a molestar que no pudiese tener momentos para ella sola o simplemente sin él. Aun así no dejó que la amistad con sus amigos se perdiera.

Un día decidió hablar con él, no quería seguir así ni tampoco acabar la relación.

Le propuso empezar de cero. Al principio a él le parecía una estupidez, pero cedió por ella. Decidieron actuar como completos desconocidos e ir a un pequeño restaurante en el que se comía a oscuras, para dejarse llevar. Lo tenían todo preparado, irían por separado y se encontrarían allí. Intentarían no hablar de lo pasado, simplemente actuar como desconocidos.
-Hola, venía a cenar. Tengo una mesa reservada para dos.
-Sí, el chico ya está esperando. Sígueme, sólo yo puedo ver dentro con mis gafas de visión nocturna- dijo el camarero.

Ella se rió por lo bajo. El camarero la guió hasta la mesa, totalmente a oscuras y los dejó a solas.
-Hola.
-Hola.

Su voz era distinta, más grave. Quizás estaba afónico ese día. Hablaron durante lo que parecieron horas. Él le dijo que le gustaban los perros y leer novelas. Sí que estaba dispuesto a cambiar, pensó.

También le contó que su tiempo libre lo dedicaba a escribir, lo cual no encajaba con el antiguo chico. Más bien él detestaba el arte. Mesas más allá, un chico se levantó enfadado y se fue. Le habían dejado plantado. Para ella la cena transcurrió mejor de lo imaginado, estaba descubriendo a una nueva persona. Esos antiguos sentimientos volvieron a golpear, pero de una manera distinta, más fuerte. La cena acabó, ya era hora de volver a casa. Salieron juntos del restaurante, él la cogió de la mano con la excusa de no ver en la oscuridad, lo que hizo sonrojar a la chica. Ya estaban en la calle, cuando ella se giró para mirarlo. No sabía cómo encajar lo que acababa ver, el chico con el que había cenado no era su novio. Pero no le importaba. Lo único de lo que estaba segura ahora era que no quería separarse de él.

 

 

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