Un acto de rebeldía

 

Arturo Lambán Cosculluela, Colegio La Salle Montemolín

El barón Pedro Enrique era un poderoso señor. Su castillo se encontraba en el valle de los clérigos, que recibía ese nombre por el monasterio que en él existió hace años. Sus dominios se extendían por todo el valle, dominando ciertos poblados.

El señor Pedro Enrique era desalmado y cruel y no se apiadaba de nadie ni por nada. Su crueldad y malicia llegaban hasta tal punto que había quien decía que era el mismísimo demonio.

Cierto día, como era costumbre, el barón salió de caza con toda su comitiva y sus monteros. Se hizo el mediodía y aún no habían cazado ninguna pieza. Pararon a comer en un poblado. El barón vio un establo de vacas y entre todas una le gustó especialmente. Hizo llamar a su dueño para comprársela pero éste le dijo que no estaba en venta. Para el barón no era costumbre que le negaran algo, por lo que él y sus acompañantes decidieron divertirse: abrieron las puertas del establo para dar caza a todas sus reses. Aquello fue una carnicería digna de recordar.

El barón, que perseguía en su caballo a una vaca, notó cómo algo le miraba fijamente desde la espesura de su izquierda. Giró la cabeza y apenas pudo observar lo que le invistió: un toro bravo negro como el carbón, con una poderosa ornamenta y con una mirada propia del diablo.

Él cayó al suelo, sintió calor, luego frío; vio oscuridad y la luz. Finalmente despertó en su castillo, sudando y con la cama empapada. Lo primero que ordenó fue dar 200 monedas de oro a aquel ganadero. Algo cambió en él aquel día, aquel toro y aquella oscuridad.

 

 

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