Cocina en matraces

 

Científicos, empresarios y emprendedores con nuevas ideas confían en salvar el planeta invirtiendo en un menú compuesto por menos carne

Alicia Gracia (Periódico del Estudiante)

La comida del futuro no se cocina en cacerolas sino en tubos de ensayo. Eso es lo que afirman expertos de todo el mundo que ya se han puesto manos a la obra para alcanzar un gran desafío: alimentar a la Humanidad del futuro. Si continúa en el tiempo la tendencia actual de crecimiento demográfico mundial, en 2050 habrá 2.000 millones de bocas más que alimentar en la tierra, en total 9.000. La carne es uno de los productos estrella, sobre todo en Occidente, y su consumo aumenta cada vez más. Sin embargo, el planeta cada vez está más cerca del límite de su capacidad de producción.

El ganado ya acapara el 30% de las tierras habitables y absorbe el 70% de nuestros recursos hídricos. Esta actividad también es responsable de producir casi dos tercios de los gases de efecto invernadero agrícolas, y del 78% de las emisiones de metano agrícolas. Por ello, desde las organizaciones internacionales como la FAO anuncian que es necesario mejorar la gestión de las explotaciones ganaderas, aprovechar al máximo la producción de carne y leche, sin desperdiciarlas, y adaptar la dieta occidental a la que estamos acostumbrados a un consumo de productos animales más proporcionado y sostenible.

Los cambios de temperatura que se están produciendo en distintas partes del planeta también hacen prever que las capturas de las principales especies de peces disminuyan hasta en un 40% en los trópicos para 2050. Por lo tanto, pescar de forma responsable es otra forma de prepararse para los cambios que se avecinan. Sin embargo, una alternativa a la proteína animal, la soja, se planta en su gran mayoría de forma transgénica y está devastando América del Sur por el uso de pesticidas y por la deforestación que suponen estos extensos monocultivos. Los expertos se preguntan si quedarán suficientes recursos productivos para cubrir la insaciable demanda de la sociedad y estudian cómo podrían adaptarse los sistemas agrícolas y alimentarios a los efectos adversos del cambio climático y cómo hacerlos más resilientes, productivos y sostenibles.

La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) se ha hecho eco del problema y explica que cultivar alimentos de manera sostenible significa adoptar prácticas que producen más con menos en la misma superficie de la tierra y usar los recursos naturales de forma consciente. Quizá el modelo carnívoro al que estamos acostumbrados en Occidente no es el más adecuado para ello. Para obtener un filete de carne se necesitan 1.500 litros de agua y 1,5 kilogramos de proteínas; sin embargo, para obtener un filete vegetal se necesitan 180 litros de agua y 20 gramos de proteínas.

Científicos, empresarios, soñadores y emprendedores con ideas nuevas confían en salvar el planeta invirtiendo en el menú del futuro. Para ellos, cambiar nuestras costumbres en la mesa ya no es solo una cuestión de gustos, sino de pura supervivencia, según este colectivo. Muchos piensan que tendríamos que modificar nuestra dieta y consumir menos carne, pero ¿cómo reemplazarla?

Sustitutos como la carne vegetal, que nació en una pequeña ciudad en el sur de Holanda, son algunas de las nuevas opciones. En las secciones vegetarianas de los supermercados ya podemos encontrar nuggets de soja, albóndigas de tofu o embutido elaborado a partir de proteínas de trigo. Este tipo de productos se expande cada vez más hacia un público más numeroso, los denominados flexitarianos, un término acuñado por el sector del marketing que hace referencia a aquellas personas que reducen su consumo de carne sin llegar a convertirse en vegetarianos. Pero que la proteína vegetal sea la alternativa ideal a la proteína animal no está del todo clara.

Nuevas empresas apuestan por el sustitutivo de la proteína vegetal camuflada en productos que recuerdan en aspecto y sabor a la carne, por ejemplo las hamburguesas de soja. Sin embargo, ciertos científicos alertan que el consumo exclusivo de este tipo de productos no es saludable. En el documental Un mundo sin carne (2015), dirigido por Juliette Guérin y producido por BabelDOC, un grupo de científicos explica que aunque la soja es una buena fuente de proteínas, esta contiene isoflavonas, un tipo de hormonas femeninas, que si bien pueden resultar beneficiosas en algunos casos, se ha comprobado que en el hombre puede causar una disminución en la producción de esperma, reduciendo así su capacidad reproductiva.

Además, a este problema hay que sumarle el impacto medioambiental que está teniendo el monocultivo de soja en los principales países productores como Paraguay. La soja modificada genéticamente ha ofrecido durante años una alta rentabilidad y además soportaba las elevadas temperaturas de esas tierras. El lado negativo ha llegado con la deforestación de esos territorios que antes estaban poblados de bosque.

Por lo tanto, la alimentación está en el punto de mira de la investigación y la innovación y nutricionistas, bioquímicos y productores deberán explorar el sistema alimentario para aportar soluciones sostenibles al reto de alimentar a todo el planeta en un futuro. Todo, desde el laboratorio.

 

 

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