Una utopía educativa llevada a la realidad

 

El CEIP Ramón y Cajal de Alpartir es uno de los centros elegidos por el maestro César Bona en su libro Las escuelas que cambian el mundo

Alicia Gracia (Periódico del Estudiante)

El municipio tiene menos de 600 habitantes, está a 50 minutos en coche de Zaragoza y tiene una pequeña escuela pública. Hasta ahí la descripción podría referirse a cualquier pequeña localidad aragonesa, pero si añadimos que su centro educativo ha puesto en el mapa internacional ese lugar por sus proyectos innovadores, las alternativas se cierran. Hablamos de Alpartir y su CEIP Ramón y Cajal, un colegio de Educación Infantil y de Primaria que el pasado mes de abril entró en la red internacional de Escuelas Changemaker de Ashoka, una organización global, independiente y sin ánimo de lucro –cuyo fundador, Bill Drayton, recibió el Premio Príncipe de Asturias a la Cooperación en 2011– que lidera la apuesta por la innovación y el emprendimiento social, construyendo una sociedad de ciudadanos que sean actores de cambios o changemakers.

El de Alpartir es uno de los siete centros españoles que forman parte de esta red desde el pasado mes de abril. En él estudian 35 niños entre Educación Infantil y Primaria, trabajan cinco profesores y en el proyecto educativo están involucrados también las familias y todos los vecinos de la localidad. Su filosofía se basa en que los niños no son los adultos del mañana, sino los niños del presente, a los que hay que reforzarles su creatividad natural, su imaginación y trabajar la empatía, la solidaridad y el respeto, unos valores pueden cambiar el mundo.

¿PARA QUÉ SIRVE LA EDUCACIÓN?

El CEIP Ramón y Cajal, junto con otros seis centros educativos españoles (colegio Amara Berri (San Sebastián); la escuela La Biznaga (Málaga); e linstituto Sils (Girona); el centro de formación Padre Piquer (Madrid); Sadako (Barcelona) y O Pelouro (en Caldelas de Tui, Pontevedra), ha sido visitado por el maestro aragonés César Bona, conocido por haber sido finalista al Global Teacher Prize, con el objetivo de demostrar que lo que miles de profesores han pensado alguna vez y han creído imposible, los que algunos padres y madres ven con escepticismo y muchos estudiantes de Magisterio han soñado alguna vez se puede llevar a cabo.

Con su último libro titulado Las escuelas que cambian el mundo, César Bona reflexiona sobre una pregunta: ¿Para qué sirve la educación? «Cuando la gente dice ‘en algún momento deberéis enfrentaros a la vida real’ no se da cuenta de que educarlos exclusivamente para pasar exámenes o darles una infancia repleta de deberes no corresponde con ese mundo real al que tendrán que hacer frente los niños. Es mucho más inteligente formarlos como seres sociales que pasarán toda su vida rodeados de otras personas; les resultará más útil que les enseñen a ser solidarios, a trabajar en equipo, a desarrollar empatía y a adquirir los conocimientos, cualidades todas ellas que sí les exigirá el mundo actual», argumenta el maestro aragonés en Las escuelas que cambian en mundo.

Entre otras fórmulas, en estas escuelas innovadoras se imparten clases en aulas sin pupitres, se evitan los exámenes y los deberes, se juntan a alumnos de diferentes edades y capacidades en una misma clase, echan mano de ejemplos de la vida real para aprender y dejan que sean los propios alumnos los que tomen la iniciativa y decidan cómo quieren que sea su escuela.

TRABAJO POR PROYECTOS

En el centro educativo de Alpartir, trabajan por proyectos, que se elaboran por trimestres. Algunos de ellos son permanentes, como el Proyecto Digital, en el que usan las redes sociales para difundir sus trabajos; el de Biblioteca, que cuenta con alumnos dedicados a la labor de bibliotecarios; o el de Convivencia, en el que los estudiantes actúan como mediadores para solucionar los conflictos que puedan surgir. Además tienen una Constitución Escolar, creada por los propios alumnos, que rige las normas del centro.

¿Pero dónde queda el currículo obligatorio? También se cumple pero siguiendo otros cauces distintos a las asignaturas, los exámenes y los deberes tradicionales. Para aprender las medidas de peso, los alumnos elaboran mermelada siguiendo una receta; para entender el medioambiente, los estudiantes construyen comederos para los pájaros y los observan; la historia se la cuentan sus abuelos a través de sus experiencias personales; y la tecnología la aprenden jugando al videojuego Minecraft.

El director del centro, Juan Antonio Rodrí- guez, cuenta en el libro su visión sobre lo que debería ser una escuela: «El objetivo de la escuela debe ser que los niños sean felices. Para acercarlos a la felicidad hay que ayudarlos a plantearse cuestiones y darles respuestas para que puedan entender el mundo».

Pero la escuela se abre también al resto de vecinos de Alpartir, ya que esta está vista como un centro social. Los vecinos colaboran en la decoración del centro, algunos padres y madres acuden a clase para explicar a los alumnos sus trabajos y aprenden clases de robótica que imparten sus hijos.

 

 

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