Recién llegados

 

unos 3.000 jóvenes inmigrantes estudian este año por primera vez en un centro educativo aragonés, donde uno de cada diez alumnos procede de otros países

Ruth Mayayo (Periódico del Estudiante)

Un cambio de trabajo de los padres, un viaje en busca de un futuro mejor o la huída de su país natal porque la situación es insostenible. Los estudiantes inmigrantes no son quienes eligen venir a España --más bien llegan arrastrados por las circunstancias--, pero sí quienes padecen directamente la necesidad de integrarse en un mundo que desconocen, en un colegio diferente, con nuevos amigos --sin amigos, al principio-- y a veces con un idioma que no comprenden.

Dejar todo lo que tienes, todas las personas que hasta entonces has conocido y marcharte a un país lejano produce, como mínimo, bastante incertidumbre. Anastasia Lehún, una alumna ucraniana del colegio Escolapias de Santa Engracia, ya ha pasado por eso. Cuando llegó a Zaragoza hablaba ruso y ucraniano, pero ni una palabra de español. Ella lo tuvo claro desde el principio: no te puedes quedar en un rincón, hay que relacionarse. "Al día siguiente ya sabía decir hola y en un mes ya podía hablar", recuerda. A quienes se enfrentan ahora a sus primeros días en España, Anastasia les recomienda "que vayan con la gente, que pregunten las cosas y vayan aprendiendo, así lo he hecho yo". Además, asegura que lo más importante es "empezar a estudiar español ya los primeros días, es lo único que hacía al principio".

EL IDIOMA, CLAVE

Está claro que el idioma es la base para poder entenderse y, por tanto, comunicarse. Lo mismo opina Eugenia Calalb, estudiante moldava del IES Corona de Aragón. Ella aconseja a los nuevos que aprendan el idioma lo más rápido posible: "Si no sabes el idioma, no puedes integrarte". Eugenia llegó a España hace dos años. Ella sí tenía algunas nociones de español por las películas que había visto y porque había estado mirando el diccionario desde algunos meses antes, pero asegura que sus compañeros no le ayudaron mucho a integrarse. "En mi clase había dos chicas rumanas y ellas sí me ayudaron, pero los alumnos españoles pasaban un poco. Ahora es mucho mejor", explica. Para que a otras personas no les pase lo mismo, Eugenia se vuelca con los recién llegados: "Cuando llega alguien, le ayudo con lo que sea".

Comparado con este caso, Anastasia confiesa que ella tuvo suerte porque en el colegio la acogieron muy bien, tanto los compañeros como los profesores: "Enseguida hice amigas, aunque los primeros días estaba un poco nerviosa, la gente se acercaba a mí y yo no entendía nada".

A Elisa, una joven de 13 años (IES Corona de Aragón) que llegó de China hace cinco, no le resultó difícil meterse en el ritmo de vida de Zaragoza: "Como vine de pequeña, me acostumbré enseguida". El idioma, sin problemas: "En medio año, ya lo sabía", afirma. Y sus compañeros de clase se acercaron a conocerla en cuanto llegó. Ella también lo tiene claro. A los nuevos, "les ayudaría en todo lo que pudiera". Aunque todos los veranos vuelve a China no le importaría quedarse aquí a vivir, ni tampoco regresar para siempre. Está hecha a todo y se encuentra bien en las dos partes.

Todo lo contrario es lo que siente Anastasia. "Me apetece mucho volver a Ucrania porque echo mucho de menos a todos. Pero si voy, voy a echar mucho de menos a mis amigas de aquí", explica esta joven que tiene el corazón partido. "Aquí vivo con mis padres y allí tengo a mis tíos y a mis abuelos", indica. Ahora su presente está en España y, probablemente su futuro. Sin embargo, gran parte de su vida anterior se quedó en Ucrania. "Al año que viene iré", aventura esta joven que todavía no ha podido reencontrarse con sus amigas de la infancia y sus familiares.

Detrás de casos como el de estas tres chicas, están sus padres. En la mayoría de las ocasiones, los hijos son quienes ayudan al resto de la familia a integrarse en el nuevo mundo. Son los primeros que, gracias a la escolarización, aprenden el idioma y conocen las costumbre del país, y quienes, posteriormente, lo van transmitiendo en su casa. Aunque también hay casos en los que los padres no se adaptan y viven en su burbuja, mientras sus hijos llevan una doble vida cultural dentro y fuera de su hogar y se convierten en traductores de sus padres.

De cualquier modo, ellas ya lo han superado, ya hablan el español con mucha fluidez, tienen sus amigas y sacan adelante sus estudios, pero comprenden a la perfección la mirada asustada de esos otros jóvenes que llegan como un goteo constante en cualquier momento del curso y que no abren la boca porque no saben decir ni hola.

 

 

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