Dum vivimos, vivamos (parte 1)

 

C. Domínguez, B. Ejarque, A. Egea, IES Félix de Azara

"Yo te amo y tú me amas, y si morimos, moriremos, pero antes viviremos". Todavía lo recuerdo.

Sonaba la canción Piano man de Billy Joel, la tienda estaba casi vacía, la música movía mi cabeza al compás mientras miraba una revista. Este era mi día a día, mi rutina. De repente vi mi tranquilidad interrumpida por un estruendo.

Maldije en voz baja, otro imbécil tirando los vinilos. Me dirigí malhumorado al pasillo del que provenía el ruido. Me agaché a recoger los discos que se habían caído, y me di cuenta de que por lo menos el culpable se había quedado a ayudarme. Levanté la cabeza, y, Dios, si pudiera repetir esa escena, la primera vez que lo vi, lo haría una y mil veces.

El pelo castaño oscuro, lo suficientemente largo como para molestar sus ojos, pero que se peinaba hacia atrás, y menos mal, taparlos sería un delito, todo el mundo debería poder apreciar esos fieros ojos miel, esos labios carnosos que se me antojaron morder, esa mandíbula cuadrada que definía su rostro y tres lunares en la parte superior del pómulo que lo hacían único.

Nos miramos intensamente durante lo que parecieron días, y, sin embargo, solo fueron un par de efímeros segundos. Me sonrió, el calor llegó a mis mejillas, susurró perdón y tan rápido como vino, desapareció. Ese fue, sin duda, el momento álgido del día.

La mañana siguiente fui a abrir la tienda, a repetir lo de siempre: disco, mostrador, revista, y a esperar. Pasaron dos horas, con alguna venta sin importancia, e, inesperadamente, volví a escuchar el ruido en el mismo pasillo de ayer. Con suerte, el gamberro sería tan guapo como el de la otra vez, y quizás hoy me atrevería a decirle algo. Me aproximé rápidamente, no podía dejar que estropearan los vinilos, o peor, que los robaran. Cuando llegué, observé el desastre que tenía que recoger, pero no fue eso lo que me dejó con la boca abierta, lo que despertó un rayo de confusión instantánea. La única razón fue que lo vi, a él, apoyado en la estantería, con una pícara sonrisa que me miraba.

- Dos veces no pueden ser casualidad -dije intentando sonar interesante.

- Tan solo quería una excusa para hablarte, -dijo mientras alargaba su mano para tomar la mía -me llamo Manu.

- Yo soy Nick.

Y ahí... Ahí fue donde todo comenzó.

"Yo te amo y tú me amas, y si morimos, moriremos, pero antes viviremos".

Y eso planeábamos.

Llevábamos ya un mes y medio viéndonos. Desde aquel día en mi tienda todo había ido rápido. Habíamos tenido varias citas que sirvieron para conocernos mejor.

Descubrí que Manu era español, y que había llegado a Arkansas unas semanas antes de encontrarnos. Había conseguido un trabajo de reportero y había dejado atrás todo lo que tenía en España para cumplir sus sueños e ir a la aventura.

Todo lo contrario que yo. Me faltaba valor para salir de este pueblucho en medio de la nada, pero da igual, de todas maneras, yo tenía mi tienda de música, no pedía más.

En cambio, Manu era diferente, temerario y exótico; quizás fue eso lo que me enamoró de él, porque sí, me aventuraría a decir que eso era amor. Me enamoró su espontaneidad, sus ganas de vivir y disfrutar. Me conquistó ese remolino que se le hacía en el pelo, que él odiaba con todo su ser, pero que era lo más enternecedor que existía. Me sedujo su risa aterciopelada y sonora en la que me encantaba perderme, sobre todo cuando yo la provocaba. Me enamoraron todos los días que pasamos juntos, los viajes al lago, las noches en el tejado intentando identificar las constelaciones sin caernos, y aquellas en las cuales ni siquiera dormíamos. Me enamoró de todas y cada una de las maneras posibles y existentes, y él también me quería, lo sentía, lo veía en sus ojos cada vez que me miraba.

Conoció a mis padres y a mi hermana pequeña, les encandiló con su sentido de humor fresco y su simplicidad europea. Conoció a John Snow, mi perrito, que al instante quiso más a Manu que a mí. Le presenté a mis amigos y se integró como si fuera uno más del grupo.

Ya formaba parte de mi vida y de la de todos los que me rodeaban.

Recuerdo cuando Manu me enseñó a bailar tango, lo que solo sirvió para reírse de mí, jamás se me dio bien aquello de coordinar manos y pies. Pero no solo él me mostró cosas, yo hice que aprendiese a montar a caballo, a cocinar un buen pastel de carne y a sentir la música de una manera diferente. Nos complementábamos de una insólita manera, desconocida para el corazón deshabitado.

"Yo te amo y tú me amas, y si morimos, moriremos, pero antes viviremos".

Eso me dijo. Y recuerdo perfectamente el momento en el que lo hizo.

Ese día lo llevé a ver su primer rodeo, me acuerdo de la ilusión que le hacía, no se podía creer que no solo existiesen en las películas, le brillaban los ojos como a un niño en la mañana de Navidad.

El primer toro era muy grande pero no lo suficientemente bravo como para crear espectáculo, así que pasaron al siguiente animal. Tres toros más tarde, se acabó el tiempo de los vaqueros profesionales. Todos habían aguantado muy bien, solo uno se cayó, rompiéndose el pie. Un rato después, los principiantes comenzaron a mostrar sus habilidades con los animales, que aunque eran un poco más pequeños, seguían siendo unas fieras.

Entonces Manu me miró a los ojos.

- Voy a montarme.

Yo lo miré estupefacto. ¡Estaba loco! ¿Cómo se le ocurría hacer una cosa así?

- No, no lo vas a hacer, ¿Qué estás diciendo? La sonrisa que ocupaba su cara se desvaneció. Sin decirme nada Manu abandonó su asiento y se dirigió al ruedo.

Me levanté y, corriendo, fui tras él. Le agarré del brazo y le giré para que me mirara a los ojos.

- ¿Pero estás loco? ¿No ves que puedes morir?

- Qué más da, Nick, carpe diem, vive el momento.

- No, esto no funciona así.

- Nick, yo te amo y tú me amas, y si morimos, moriremos, pero antes viviremos.

- Lo siento, pero... si te montas en ese toro, lo nuestro no puede continuar -dije tratando de transmitirle con los ojos todo lo que sentía.

- Pues si me dejas por esta tontería, jamás podríamos haber estado juntos.

- ¿A qué te refieres? Algo en él se ensombreció, el temor se reflejó en sus ojos. Me ocultaba algo.

- No te lo había dicho, es acerca de mi trabajo.

- Sí, ya sé que eres reportero.

- No lo entiendes, mi trabajo como reportero consiste en... consiste en ir a zonas en las que ocurren desastres meteorológicos, como los tornados, y grabarlos.

- ¿Qué?

- pongo mi vida en peligro cada vez que voy a trabajar... Si no puedes soportar esto, lo nuestro no puede existir, no puede haber un nosotros.

No sabía qué decir, así que opté por permanecer callado. Ante esa respuesta, Manu simplemente se dirigió decidido hacia el toro. Yo me marché prefiriendo evitar el espectáculo, total, parecía que la conversación había llegado a su fin.

Sigue en: Dum vivimos, vivamos (parte 2)

 

 

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