Mi esquina

 

Sergio Gallego, 2º ESO Centro San Valero

La esquina es ese lugar por el que todos pasan, en el que hay amor, reencuentro, sufrimiento… ese lugar es a veces oscuro y otras lleno de luz. Es un lugar muy concurrido en el que siempre hay alguien que pasa. Ese alguien puede estar atento a mí, pegado al móvil o paseando al perro.

Yo soy el vagabundo que vive en esa esquina.

Soy un hombre de 30 años, alto, delgado, solitario, de tez oscura y pelo negro, barba poblada y larga, con algunas canas incipientes. Además, desde que era pequeño soy muy vergonzoso; estar pidiendo en la calle es una tortura para mí.

En el colegio era un niño normal, estudioso y atento hasta que un día, en octavo de EGB, me topé con el peor profesor que me pudo tocar. Era desagradable, mayor, de unos sesenta años; le gustaba reírse de sus alumnos y comentaba con desprecio lo errores que cometíamos en el pizarra. Poco a poco perdí el interés por los estudios. No tenía padres que me animaran -habían muerto dos años antes en un accidente de tráfico-. Vivía con mis abuelos maternos, mayores, con pocos recursos económicos y muy tristes por la pérdida de su única hija.

Con mucha suerte y la ayuda del orientador del Centro conseguí terminar bachiller y me puse a trabajar en una empresa llamada GPS. Estaba contento, ayudaba a mis abuelos y me iba relativamente bien.

Dos años después, de repente, la empresa quebró y yo me quedé sin trabajo.

Tenía veinte años. Mis abuelos habían muerto tres meses antes; no tenía ni hermanos ni familia; había perdido el contacto con mis amigos…, estaba solo.

A los pocos meses me quedé sin dinero; no podía pagar el alquiler y la entidad bancaria propietaria de la vivienda ejecutó mi desalojo. Me encontré en la calle sin sable a dónde ir y sin trabajo.

Después de deambular varios días por las calles sin un rumbo fijo, decidí quedarme a vivir en esta esquina.

Pido al lado de un supermercado. Hay gente ética que me ayuda dándome dinero o comprándome comida; hay otros que pasan de largo sin ni siquiera mirarme a la cara, y otros, absortos, están demasiado pegados al móvil como para hacerme caso. He sufrido mucho durante los dos últimos años hasta que un día apareció él.

Él, o más bien Víctor, es la persona más amable que he conocido. Un día me vio en la calle y me saludó; me invitó a comer a un restaurante y estuvimos hablando de cómo había llegado a encontrarme así. Al terminar de comer me dio esperanzas para seguir adelante diciéndome: «la esquina no es un lugar apropiado para vivir; yo te daré comida y techo para cobijarte y tú te tienes que comprometer a trabajar mucho en casa hasta que encuentres un trabajo».

Se abría para mí un rayo de esperanza.

Busqué con ahínco ese trabajo día y noche en periódicos, redes sociales, internet… y al final encontré mi oportunidad como recepcionista en un hotel de cuatro estrellas. Con el dinero que ganaba ayudaba a Víctor a mantener la casa. Nos llevábamos bien.

Un día, en una larga sobremesa de domingo, le dije a Víctor: «gracias por todo lo que me has dado, tu generosidad está por encima de todo y espero y deseo volver a verte, pero ya es hora de que me independice y vuelva vivir mi vida. Me has ayudado a creer en mí mismo, en mis posibilidades; muchas gracias por haberme acogido estos tres largos años».

Había conseguido alquilar un pequeño apartamento amueblado y tenía ilusión en ir a vivir allí. Tenía que demostrarme a mí mismo que era capaz de superarme, crecer y vivir sin la ayuda de nadie.

Mi experiencia como relaciones pú- blicas me ayudó a encontrar un trabajo mejor remunerado en un concesionario de la casa Kia. Era mi sueño; siempre me habían gustado mucho los coches y ahora, por fin, conseguía un trabajo directamente relacionado con ellos: era vendedor de coches.

Mantenía contacto con Víctor y a él le contaba todos mis avances y propósitos; también mis pequeñas decepciones o tropiezos.

Ahora que me iba bien decidí hacer lo que habían hecho por mí, ayudar. Apadriné a un niño pequeño de tan solo tres meses. Aportaba sesenta euros mensuales para que él tuviera comida, casa, agua potable y por supuestos una educación para que pudiera trabajar cuando él fuera mayor. También me asocié a UNICEF.

Por fin volvía a vivir mi propia vida.

Me había vuelto solidario y me iba a ir a África durante mis vacaciones de verano para ayudar a los más necesitados como voluntario de UNICEF.

Era la primera vez que salía de Espa- ña y toda mi ilusión estaba puesta en el viaje. Me llevó varios meses organizarlo todo. No podía olvidar nada importante: vacunas, documentación, enseres básicos –pocos– y además, todo lo que pudiera trasladar en mis maletas para ellos: comida, medicinas, ropa, caramelos, pinturas, cuentos… Por fin había llegado el día y después de un largo viaje en avión me encontré, junto con el resto de mis compañeros, en el aeropuerto internacional de Gabón.

Al llegar allí me di cuenta de que lo que yo habría sufrido no era nada comparado con lo que estaban viviendo esas personas y mi corazón se partió en dos.

El aeropuerto estaba abarrotado de gente, muchos de ellos, niños. Apenas llevaban ropa y todos, prácticamente, iban descalzos. En sus ojos, grandes, fijos en los viajeros, se podía leer claramente la desesperación. Se veían vulnerables, dependientes de la ayuda de los demás; carecían de todo y pese a ello, un sonrisa franca iluminaba su rostro.

Ahora ya sabía lo que quería: iba a ayudar en todo lo posible a aquellos chicos.

Merecían algo mejor. Era el momento de trasladarnos hasta el campamento base e iniciar las labores de ayuda.

Abrí las maletas de las chuches y repartí, en un momento, todos los caramelos y dulces entro los niños que allí había. Después, todos juntos, salimos del aeropuerto en dirección al campamento.

Nos esperaban dos largas horas de viaje en jeep por una estrecha carretera serpenteante.

En el campamento faltaba casi todo lo básico, sin embargo los rostros de los niños se veían felices. Nuestra misión principal en aquel mes era construir una escuela y enseñarles a plantar y cultivar hortalizas. También eran necesarias labores de mantenimiento del pozo donde se extraía el agua.

Allí descubrí, con gran sorpresa, que los materiales los había comprado y enviado, gratuitamente, mi amigo Víctor.

El tiempo se pasó en un suspiro. A los dos días de llegar, ya me parecía haber vivido siempre allí.

Vuelvo a casa hoy con el compromiso firme de volver el próximo año y seguir ayudando.

 

 

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