Pan, aceite y azúcar

 

Lucía Giménez Ara, IES Grande Covián

Han pasado casi ochenta años desde que la guerra terminó, pero sus heridas todavía no se cierran y las cicatrices son difíciles de ocultar.

Remolinos, situado en la provincia de Zaragoza, es el lugar donde gran parte de mi familia paterna creció. Puede que no afectara tanto la guerra allí como en otros pueblos de España, pero las consecuencias que dejó, han mellado hondo en nuestra familia.

Mi bisabuelo era agricultor, cosa que hacía que no pasaran penurias a la hora de comer, pero sí que es cierto que pasaban miedo.

A la gente que trabajaba en el campo se le arrebataban todas las ganancias y frutos que producían sus tierras, pero mi bisabuelo aun sabiendo las consecuencias que conllevaba (pasar el resto de vida encarcelado) escondía su propio trigo en lugares secretos de casa.

Cabezas rapadas, mujeres de rodillas, gritos de furia y de miedo, son constantes episodios que se podían observar desde cualquier ventana de mi pueblo como si fuesen simples obras de teatro, cuyas moralejas han lacrado a todos los "espectadores", pero en mi familia dejaron traumas, ya que cuando las maquinillas, los empujones, los dardos y las gargantas llevan tu misma sangre, estas obras de teatro se convierten en historias de terror.

Todo niño pequeño alguna vez se ha perdido, y sus madres desesperadas corren y remueven cielo y tierra para encontrarlos.

En mi familia durante la guerra pasó algo así, pero con matices "algo" diferentes: Una niña, que sería ahora mi tía, se perdió o más bien la escondieron, pero quien la buscó, no fue ni su madre ni su padre, porque a ellos los hicieron desaparecer de verdad, sino su hermano quién con muy temprana edad presenció bajo la mesa este "juego del escondite", y aun, ochenta años más tarde sigue "jugando" para poder descubrir su escondite y encontrarla.

Toda historia tiene un final, pero en Remolinos, por desgracia existió una segunda parte.

En Santa María de la Peña y Riglos, ambos situados en Huesca, la tragedia de la guerra no estuvo tan presente, pero inevitablemente la escasez y miseria de la posguerra no dejó indiferente a nadie.

La "caridad" y el trueque, eran los motores que hacían posible la supervivencia de los vecinos.

Mis bisabuelos, segaban durante horas a cambio de un trozo de pan, cuyo color negruzco podría resaltar con la blancura de la leche que "regalaban", si ésta, no hubiese sido en polvo.

Mi abuela, con la mitad de años de los que tengo yo ahora, llevaba entre sus heladas manos de romper hielo para poder lavar la ropa en invierno, escobas, trapos y fregonas para dejar más limpia la casa de una maestra.

Como cualquier niña, su deseo era jugar, hacer travesuras, bailar y comer todo lo que quisiese pero la realidad era otra: comía sólo si iba a la iglesia, las travesuras suponían castigos que mi abuela ha preferido olvidar y para jugar, tenía que crear columpios con maderos y muñecas con barro que se rompían tan rápido como sus ilusiones, pero media porción de chocolate o su merienda favorita, que ahora ella adora prepararme a mí, un trocito de pan con aceite y azú- car, podía hacer un poco más llevadera la situación.

Todavía no sé de dónde sacaron la fuerza para aguantar todo lo que la Guerra Civil y el periodo de después supuso e incluso cómo pueden tener la sonrisa en la cara y no cabrearse cada vez que las nuevas generaciones nos quejamos de cómo vivimos actualmente, pero como dijo Albert Camus: "Fue en España donde mi generación aprendió que uno puede tener razón y ser derrotado, que la fuerza puede destruir el alma, y que a veces el coraje no obtiene recompensa".

 

 

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