Susana (1ª parte)

 

Haidée Sanz, colegio La Salle Montemolín

Una guitarra, sí, solo una guitarra. Os parecerá raro, algo muy sencillo y sin mucha emoción. Pensaréis: ¿en serio?, ¿una historia tan sosa y tan poco interesante? Pues sí, solo era eso, por lo menos eso decían los familiares y amigos de Manuel, el dueño de la guitarra Susana. Manuel deseaba con todas sus fuerzas que fuera como una persona, pero los sueños de ese tipo no siempre se cumplen. Manuel era mayor, y a sus años, había pocas cosas que le hacían sonreír además de su vieja guitarra. Su rostro lo llenaban un centenar de arrugas marcadas por la edad que ya agotaban a Susana. Sus padres le habían regalado a Susana cuando tan solo tenía quince años, y desde entonces habían sido inseparables. Manuel no pensaba como sus compañeros de orquesta ni sus padres y hermanos.

Él estaba convencido de que su guitarra era capaz de hablar, sentir, o incluso andar. Y tenía razón. Susana había empezado a tener sentimientos cuando Manuel había llorado desconsoladamente por lo que todos pensaban: que se había vuelto loco. Se habían escondido juntos en uno de los cuartillos del auditorio, y había llorado y llorado hasta no poder más. Las lágrimas se habían derramado sobre el cuerpo de madera de roble del instrumento, habían caído por los trastes, y habían entrado por la caja de resonancia, hasta conseguir lo que Manuel tanto deseaba. Aunque él no lo sabía ya que Susana lo mantenía en secreto.

Susana quería mucho a Manuel, pero odiaba ser una guitarra, ya que pensaba que lo que ella hacía era la peor profesión de todos los oficios del mundo de la música, por como le raspaban las tensas cuerdas con esas frías y grandes manos y ese pequeño dolor que sentía cada vez que la afinaba, por no mencionar la presión que sufría en el mástil con los gruesos y largos dedos de su dueño. Así pues, un día, harta de cómo la utilizaba Manuel, decidió cambiar de forma, color y tamaño hasta convertirse en un instrumento completamente diferente. Además de todas las cualidades de Susana, gracias a las lágrimas de Manuel, ahora podía moldear la materia de su cuerpo de forma reversible, sin dejar rastro de la suya, aún pudiendo volver exactamente a su primera transformación.

Gracias a este poder, decidió que lo mejor sería que probase diferentes estilos, hasta dar con el adecuado. Primero, pensó en convertirse en una flauta, para así ver cómo se sentían los instrumentos de la familia de viento. Susana había conocido a una flauta llamada Flauta, en el conservatorio. Susana, la primera novia de Manuel (de ahí había adquirido su nombre) tenía una muy pequeña, y en seguida se habían hecho muy buenas amigas. Cuando se hubo disfrazado, fue a visitar a Flauta, con la idea de preguntarle sobre su vida. A Flauta le sorprendió ver a una de su especie a la que no conocía, pero después de que Susana le explicara todos sus problemas y su viaje en busca de su verdadera personalidad, le ofreció su ayuda sin dudar. Le contó que ella adoraba todo lo que hacía, desde sentir el aliento de su dueña en la boquilla, hasta las caricias que la varilla de afinación le hacía para limpiarla, y cuando la guardaban en su suave y sedosa peque- ña funda para flautas.

Susana pensó en lo divertido que sería todo eso, por lo que al ver que ambas compañeras eran iguales, se le ocurrió la brillante idea de presentarse en el concierto en lugar de su fiel amiga. Flauta aceptó, y la guitarra salió al escenario con el cuerpo de la flauta. Nadie notó la diferencia, pero Susana sí. ¡Qué asco sintió cuando todas las babas mojaron su interior! ¡Qué horror cada vez que tapaban todos sus agujeros hasta no dejarla respirar! Y lo peor fue cuando la guardó en esa claustrofóbica caja. ¡No! Lo peor fue cuando la limpió con tal descuido que lo que hizo fue extender aún más la suciedad. En ese momento Susana dudó sobre la conversación que había tenido con Flauta. ¿Cuántas cosas se habría inventado? Casi todas, suponía; nada tenía que ver con lo que le había contado.

Cuando el concierto concluyó, se dirigió a los camerinos para hablar al respecto con la famosa Flauta. Esta estaba tirada, aburrida y cansada en un cojín. Le preguntó sobre todos los detalles con una voz tranquila y aterciopelada, haciendo caso omiso a las quejas de su invitada.

Flauta era la típica flauta de colegio marrón y blanca, y bastante pequeñita. Ella era una flauta dulce. Como su nombre indica, era muy dulce y amable, al igual que su voz. Siempre estaba tranquila, y tenía por costumbre hablar despacio y en voz muy baja. Susana le explicó todo lo que había sentido en cada momento, y Flauta le dijo que ella ya no podía hacer nada más por ayudarle, por lo que Susana se dispuso a continuar con su camino.

Después de esa experiencia, se le ocurrió convertirse en un instrumento de la familia de percusión. Y ese era el xiló- fono. Había conocido a Xilófono en una fiesta de cumpleaños de uno de los sobrinos de Manuel. Él había llevado a su querida Susana para animar la fiesta, y como toda su familia amaba la música, hasta el pequeño Felipe tenía un xilófono de juguete con el que hacía el tonto y jugaba. Susana volvió a cambiar. Ahora era de diferentes colores, con la base de madera, al igual que su viejo conocido. Viajó un poco más, hasta llegar a una gran mansión. Los padres de Felipe tenían mucho dinero, y esa era la causa por la que el niño era muy caprichoso e impertinente. Atravesó la casa intentando no perderse entre las numerosas puertas y pasillos. Al fin lo encontró, aunque tuvo que hacer callar sus agudos gritos.

Era muy joven aún, y se comportaba como un niño, por eso se asustó al ver que un desconocido acababa de entrar. Chilló: –«¡Intruso, intruso! -¡Vienen a robar! -¡Auxilio, socorro!» Susana lo mandó callar y le explicó lo mismo que unas horas atrás había hecho con Flauta. Xilófono se rio, y le contó un poco su vida desde la última vez que se habían visto. Felipe había crecido, ya no era un bebé, se estaba haciendo mayor y aún no sabía qué hacer con su futuro. Estaba pensando dejar la música, ya que ahora quería ser jugador profesional de fútbol al igual que todos los de su clase. Xilófono suspiró y sonrió. Su amigo era muy alegre, y siempre estaba sonriendo; además, su voz era muy aguda y estaba todo el rato gritando. También aprovechó para contar que su dueño se había ido de excursión a un auditorio, y que seguro que en cuanto volviera estaría deseando ser un músico famoso, y se pondría a practicar con él. Susana pensó que no habría diferencia alguna entre los dos, por lo que podría hacerse pasar por Xilófono. Este le explicó que adoraba cuando Felipe deslizaba las baquetas por sus láminas, y cuando iba corriendo por toda la casa abrazando al instrumento.

Cuando Felipe llegó, se dirigió a su cuarto para contar a su xilófono todo lo que había hecho y aprendido a lo largo del día. Susana estaba en el lugar donde siempre encontraba el niño a Xilófono.

Lo cogió e hizo el ritual diario con ella.

Cuando terminó, Susana estaba agotada, no entendía cómo podía soportar eso su compañero todos los días de su vida.

Mientras Felipe cenaba, Susana aprovechó para ir a ver a Xilófono y así contarle lo que había sucedido. Susana le explicó que no le gustaban los niños, por lo que no había disfrutado en absoluto con tanto movimiento; además, en tan poco tiempo ya se había cansado del chillido constante. Xilófono volvió a gritar, esta vez pidiéndole perdón por no haberle servido para nada. Susana se despidió, y siguió su camino.

Continúa en: Susana (2ª parte)

 

 

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