Susana (2ª parte)

 

Haidée Sanz, colegio La Salle Montemolín

Viene de: Susana (1ª parte)

Susana pensó que a lo mejor debería transformarse en algo más parecido a ella. Por eso dudó entre convertirse en un violín o una viola. Al final optó por la segunda opción por su amistad con una vieja viola. La había conocido en un campamento de música al que había ido Manuel y en el cual habían coincidido en la misma habitación. Su dueño detestaba a Manuel y siempre intentaba superarle en todas las pruebas musicales.

A pesar del enfrentamiento entre ambos, Viola y Susana se llevaban muy bien y aprovechaban cualquier oportunidad para juntarse. Susana ahora era algo más pequeña, y de un color más oscuro.

Incluía un arco que estaba atado a su espalda con una cuerda elástica. Después de mirarse y asegurarse de que estaba bien, fue a casa de su amiga Viola. La orquesta donde tocaba era muy famosa, pero Viola no destacaba entre sus compañeros de oficio. A ella no le importaba ya que adoraba el trabajo en equipo.

Cuando Viola vio a Susana la reconoció al instante. Ella era la única que conocía los poderes de transformación de Susana, y en cuanto vio esa sonrisa cansada, supo que era ella. La guitarra empezó a contarle todo y Viola, que era bastante mayor y muy sabia, fue muy comprensiva con ella. Le dijo que ese día tenía un concierto importante y que podía salir en su lugar. Susana pensó que ya se había hecho pasar por dos instrumentos, y que si este no le convencía, tendría que buscar otra solución a su problema. Salió al escenario y se lo pasó genial en su solo, pero en cuanto empezaron a tocar los demás, se difuminó su sonido y ya nadie la escuchaba, escuchaban al grupo. Cuando acabó el concierto se sentía aburrida, no había tocado sola casi en ningún momento y eso le hacía sentirse inferior. Susana estaba acostumbrada a ser especial y única y esta situación era nueva para ella. Viola le preguntó sobre la función y Susana se desahogó y le contó cómo se sentía: el no oírse ni siquiera ella misma, el pasar desapercibida entre los compañeros y la misma desagradable sensación que cuando era guitarra al sentir el arco en sus cuerdas. Pero en esta ocasión había sido incluso peor porque el movimiento era más metálico; con Manuel sentía el calor de sus manos por su cuerpo, y le hacía sentirse bien. Susana se dio cuenta de lo que acababa de pensar: era mejor ser guitarra. Con ese pensamiento en su mente se despidió de Viola, y se marchó sin apenas escuchar las últimas palabras de su amiga.

Susana volvió a ser Susana, una guitarra. ¡Cómo había echado de menos su forma! Estaba deseando volver a ver a Manuel, su dueño. Susana había descubierto que en realidad era muy fácil ser feliz, la felicidad había estado a su alcance todo el tiempo, pero ella no se había percatado. Había probado otras maneras de vivir, pero la única que encajaba con su forma de ser era la suya propia. Se acordó de lo que Viola le había explicado antes de que Susana se marchara: debía ser ella misma, todavía estaba creciendo, y estaba buscando su personalidad.

-"Al igual que el pequeño Felipe", pensó, -"él todavía no sabe cuál es su identidad, como yo". Tenía que afrontar esos problemas con alegría, tal y como lo hacía Flauta. Sí. Había aprendido mucho en su inesperado viaje. Pero ahora, lo que más le apetecía, era abrazar a Manuel, como todas las noches. Pensó: -"¿Cuántos días habré estado fuera?, -da igual, seguro que ni se había dado cuenta".

Volvió al el auditorio, en el que estaba Manuel desesperado, todavía buscando por todos los rincones a pesar de la semana que había pasado ya. La pérdida de su guitarra le había derrumbado, y en cuanto la encontró sobre su caja, lloró de la emoción. Se abrazaron, y no se soltaron. Susana empezó a contar a su dueño toda su aventura sin detenerse a explicar a Manuel, cómo es que podía hablar. Ante el asombro de este, Susana no paraba de hablar. Manuel estaba con la boca abierta escuchándola. - "¿Qué?, -¿no vas a decir nada?" -preguntó la guitarra con inquietud. Tras un millón de preguntas por parte de Manuel, Susana le explicó todo. Su dueño se emocionó; al fin podría demostrar que no estaba loco. Pero Susana lo paró: era un secreto.

No se lo podía contar a nadie. Manuel aceptó; estaba muy contento de tener un instrumento parlante, y eso era lo que contaba. Hubo muchas actuaciones más, en las que Susana disfrutó de todo, de las cuerdas, los trastes etc. Así termina esta historia; recordad, por mucho que dudéis sobre vuestra personalidad, recordad que siempre debéis ser vosotros mismos, sin importar todo lo que aquí hemos explicado, ni lo que los demás piensen. Así que como siempre dicen: guitarrín, guitarrado este cuento se ha acabado. ¿Ah no?, ¿no es así?

 

 

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