La jota

 

Carmen Arto Fernández, Colegio La Salle Gran Vía

Francisco, de pequeño, era un amante de la jota. Cuando tuvo que emigrar a Argentina, dejó de recibir sus lecciones. Se enamoró de una italiana y a los 30 años volvió a Europa. No retomó las clases, pero en su sangre aragonesa seguía latente la pasión por la jota.

Hace dos años, Francisco se jubiló prematuramente y ahora da clases de jota en un pequeño local de la calle Cádiz. Mi amiga Marta va a su escuela y ayer hicieron una representación de lo que habían aprendido. Los chicos iban vestidos con un calzón aterciopelado de color negro, medias hasta la rodilla y alpargatas de cáñamo atadas a la pantorrilla. Todos llevaban un elegante chaleco y no podía faltar el cachirulo. Las chicas llevaban el traje clásico de jotera: faldas largas con diversos estampados y vistosos mantones: rojos, negros y blancos. Todas llevaban el pelo recogido con peinetas en un moño y llamativos pendientes.

Cuando la música empezó a sonar, los bailarines se colocaron en parejas, uno en frente de otro, mirándose, sin movimiento alguno. Pronto empezaron a sonar las castañuelas y el baile dio comienzo. Sobre todo, usaban las puntas y las piernas, aunque también recurrían al movimiento de los brazos para amenizar la danza. Era un baile dinámico, elegante, dificultoso y compuesto por numerosos saltos.

La melodía iba acompañada de una voz fuerte y profunda de dos hombres y una mujer que, con afán, cantaban jotas a la Virgen del Pilar. (La jota es un baile religioso que vio la luz a finales del siglo XVIII o principios del XIX.)

Por último, al fondo, había un grupo de chicos tocando la guitarra, el laúd y la bandurria. La jota es nuestro baile regional aragonés, y como bien dice mi abuela "todo aragonés que se precie debería saber bailarla".

 

 

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