Los mil colores del otoño en el Moncayo

 

Los estudiantes se dejaron cautivar por el maravilloso paisaje otoñal del Monte Cano, nombre con el que bautizaron los romanos a la montaña más alta de la Cordillera Ibérica

Alumnos de 6º de Primaria del Colegio Santo Doming

El día es claro y desde la carretera se divisa el recorte de su imponente figura de tres picos: Peña Lobera, Peña Negrilla y el Moncayo, que con sus 2316 metros se convierte en el techo de la Cordillera Ibérica, así como en la mayor altura de la provincia de Zaragoza. Su nombre se lo pusieron los romanos, Mons Caunus, que quiere decir Monte Cano o Canoso, ya que las nieves tempranas del otoño blanquean su cima y no la abandonan hasta bien entrada la primavera.

Hacemos una primera parada a los 900 metros, donde se hallan los encinares de mayor altitud de toda la zona mediterránea. Las encinas en esta zona son de menor tamaño que en otros lugares de la Península y en Aragón reciben el nombre de carrascas. De su fruto, las bellotas, se alimentan muchos animales así como de sus hojas, por eso las que están en las ramas bajas se defienden siendo más duras y con bordes puntiagudos.

Vamos subiendo y el verde grisáceo de las encinas se va tornando amarillo, ocre, rojo o marrón por las hojas de los álamos, cerezos y robles que son como pinceladas en el horizonte. Del robledal con las hojas en todos los tonos de ocres y marrones y que no se caerán hasta que en la primavera salgan las nuevas, por lo que reciben el calificativo de marcescentes, pasamos por una zona de pinos de repoblación, cuya corteza es rojiza y sus piñas son las más pequeñas de su especie. Por fin llegamos a la zona más húmeda, la de las hayas. En el Moncayo se encuentran frondosos hayedos como el de la Fuente de la Teja, que parece sacado de un cuento de hadas. De su fruto, los hayucos, así como de las rojas bayas de los acebos se alimentan muchos animales en invierno. Recogemos hojas lobuladas del roble, dentadas de las hayas y del abedul, castañas y bellotas; vemos un hormiguero donde más de medio millón de hormigas rojas se afanan durante años en su construcción y mantenimiento; oímos al pinzón y vemos los rastros de garduñas y jabalíes. Volvemos a casa con todos los sentidos plenos de Naturaleza.

 

 

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