Galletas de almendra

 

Ainhoa Corral Luna

Echó la harina dentro del cuenco con las manos temblorosas. Muy bien, así, cuidado no se salga. Ella no contestaba. Ponía todo su empeño en la tarea, como si toda su vida le hubiera conducido a ese momento. Sus ojos vigilaban su propia escena con avidez y sorpresa y los dedos torpes, limpios por fin pero manchados de blanco, se movían sin precisión, guiados por el joven. Vale, ahora vamos a espolvorear las almendras.

La mujer se ponía nerviosa, las pupilas iban de un lado a otro, disparadas, a toda velocidad. Trataba a cada ingrediente con el celo de quien ha sufrido para conseguir una cosa y desea protegerla, como si hubiera ido a buscar las almendras y la harina no al supermercado, sino a la cima del Everest. Los villancicos se escucharon repentinamente de la sala de al lado de las cocinas, justo cuando una señora mayor abrió las puertas para anunciar que el comedor se estaba llenando. Luego se acercó a la pareja y encontró la mirada asustada de quien podía ser hija suya, apretando con fuerza desmedida el paquete de azúcar. Cuidado, que lo vas a romper. Y relajaba las manos, respirando hondo y echando las cantidades con ayuda de la báscula del joven. La primera tanda va al horno, estamos con la segunda.

No había demasiado alboroto fuera. Algunos se conocían, hacían ruido, se saludaban con chistes irónicos sobre la belleza de la vida. Otros sólo se sentaban y esperaban a que sacaran las enormes perolas con sopa algo aguada y comenzaran a echarlas en los platos de plástico.

La mayoría no prestaba atención a la música navideña. Lo estás haciendo muy bien. Ella continuaba dando forma a las galletas. Forma de estrellas, corazones, círculos y cuadrados. Tenía talento. Cuando moldeaba las figuras el pulso se mantenía firme y los dedos parecían encontrarse a sí mismos, comprenderse, coordinarse a la perfección.

Las ideas surgían y quedaban plasmadas a través de las manos llevando consigo emociones que desbordaban los dulces y conquistaban a quien paseara cerca. Los villancicos pararon cuando la cena se hubo servido y cada cual hubo dado cuenta de su parte.

La mayoría iba a marcharse, pero la señora anciana se negaba a dejar salir a los mendigos del comedor, vaticinándoles la sorpresa. Regresaban a sus sitios entre resignados e interesados. Una voz, la del joven, sonó emocionada en los altavoces. Esperanza nos ha traído esperanza esta noche. Los comensales se callaron y escucharon. Volvieron la mirada hacia las puertas de la cocina cuando una más, como ellos, salió de allí enharinada de pies a cabeza.

A los que conocían la prohibición de entrar a las cocinas les sorprendió aquel acto inesperado. Ella agachó la cabeza y se fue a sentar a los bancos con los demás. Esperanza lleva un año pidiendo limosna a las puertas del Corte Inglés. Malviviendo día a día ha ahorrado lo suficiente como para comprar los ingredientes necesarios para preparar trescientas cincuenta y cuatro galletas de almendra. Las mismas que personas caben aquí dentro. Las sacamos ahora, una para cada uno. ¿Las ha hecho ella, eh? Le debemos un aplauso.

Primero fue un gran estupor. Luego, las miradas que desde toda la sala dirigieron hacia la mujer harapienta . Después, aplausos tímidos y aislados. Al final, la entusiasmada multitud ovacionó a la cocinera. Salían las galletas de la cocina y los voluntarios se temían el descontrol de quien miente para comer el doble de lo debido. Nadie hizo caso de los dulces, pues una cola se formó delante del último banco, frente a Esperanza.

La mujer levantó la cabeza, ruborizada, y abrazó a trescientos cincuenta y cuatro amigos aquella noche de Navidad. Cada uno llegó con palabras que caldearon su cuerpo frío antes de ir a comer su parte, sin ningún altercado ni ninguna mentira de por medio.

Los voluntarios no regresaron a casa aquella noche porque sabían que por unas horas su familia sería aquella y los demás no volvieron a la calle triste porque la sorpresa les había conmovido. La fiesta duró toda la noche y desde que llegó el alba nadie volvió a caminar solo por aquellas calles. El regalo de Esperanza no había sido una galleta de almendra, sino la amistad que se afianzó entre desconocidos aquella noche de Navidad.

 

 

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