Muerto al fin

 

Carlota Ramón (IES Biello Aragón, Sabiñánigo)

Ahora sé que mi decisión valió la pena, que el dolor, el frío, la oscuridad, todo valió la pena, porque estoy a su lado; porque, después de todo, me ha perdonado.

Nadie nos habló de la soledad, de la angustia y el dolor que se sentía al intentar sobrevivir un día más. Cuando nos reclutaron, todo eran promesas, como ahora sé, mientras lo único que me mantenía vivo era su fotografía manchada de la sangre de mis compañeros perdidos. Eso no era vida. Estaba muriendo sin morir.

Un día un rayo de luz iluminó mi rostro al oír la voz del cartero diciendo mi nombre. Corrí a coger una carta un poco dañada por el paso del tiempo, pero pude leer sus palabras. Se trataba de mi hermana, las noticias que portaba no eran muy buenas:

"Querido Juan: Espero que estés bien. Te echo mucho de menos. No te asustes por lo que te voy a decir: Erika ha desaparecido. No sé nada de ella desde hace tres meses. Corren rumores de que los soldados enemigos raptan mujeres. Lo siento, quizá no hice lo suficiente por ella. Espero que algún día puedas perdonarme".

Desesperado salí corriendo a ninguna parte, me quedé paralizado, intenté darme falsas esperanzas sin resultado. A mis espaldas oí un ruido, era el enemigo; lleno de rabia disparé contra la sombra. Cuando aparté las ramas para ver el rostro del ya cadáver no me tuve en pie. Me mareé, la vista se me nubló y, borrosa, pude verla; había venido en mi busca y yo la había matado...

No vi otra salida que correr hacia las trincheras enemigas. Oí disparos, sentí dolor como si miles de cuchillos se retorcieran por mi cuerpo. Seguí corriendo hasta que no pude más, hasta que mis ojos se cerraron, hasta que no sentí más dolor.

 

 

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