Varios cuentos

 

Clara Ayuso Ramos (3º ESO La Salle Montemolín)

Había una vez, un pequeño niño llamado Pulgarcito. Vivía en el país de Nuncajamás junto a su abuelita y tenía muchos amigos. Uno de ellos era Pinocho, un ser de madera con una espectacular nariz, que crecía y crecía cada vez que su dueño decía una mentira --cosa que solía ocurrir con relativa frecuencia--. También contaba con amistades de categoría: un hábil soldadito de plomo siempre le acompañaba en sus andanzas.

Ocurrió que, un día, los tres niños estaban aburridos sentados bajo un árbol en el bosque, apareció una linda muchacha, de cabello negro como el carbón y mirada dulce y angelical. Los tres muchachos se quedaron absortos contemplándola. Pulgarcito trepó hasta una rama, para parecer más alto y encaramándose dijo: "¿Cómo te llamas? No te conozco, no debes ser de aquí".
--"No" --dijo ella--, "vivo en el castillo que está en las afueras del pueblo. Me llamo Blancanieves y he salido a dar un paseo y a recoger unas flores".
--"¿Quieres jugar con nosotros?", dijo cortésmente el soldadito.
--"No, gracias, voy a buscar a una amiga. ¿No la habréis visto por aquí? Es rubia y lleva siempre una hermosa capa roja que le hizo su mamá. Se llama Caperucita Roja", contestó.
--"Cape... ¿qué? ¡Vaya nombre!", exclamó descarado Pinocho. "No, hoy no hemos visto a nadie por los alrededores".
--"Entonces, me marcho. ¡Ciao, chicos!"

Se avecinaba un huracán y, para protegerse, cada uno construiría una vivienda. La que aguantara más tiempo en pie, ganaría. --"¿Qué nos jugamos?", preguntó Pinocho.
--"Quién gane, acompañará a Cenicienta al baile de palacio", sentenció Pulgarcito.

El soldadito decidió hacerla con paja para acabar cuanto antes y poder jugar. Sin embargo, Pinocho optó, obviamente, por construirla de madera, le costaría más, pero sería más resistente. Pulgarcito recogió pacientemente un montón de ladrillos y se puso a edificarla. Cuando el terrible viento azotó Nuncajamás, los tres amigos fueron a refugiarse en su vivienda. Pero el soldadito y Pinocho tuvieron que acabar pidiendo cobijo a Pulgarcito, que ya estaba vistiendo sus mejores galas para asistir al baile de palacio. ¿Caería Cenicineta rendida a sus pies? Tal vez , pero eso será otro cuento.

 

 

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